viernes, 16 de mayo de 2008

EL CAMINO DEL ALMA

Hace 91 años nacía tal día como hoy en la localidad mexicana de Sayula el escritor Juan Rulfo, autor del breve volumen de cuentos El llano en llamas y de la aún más breve novela Pedro Páramo, ambos libros protagonizados por muertos o fantasmas.

"Quiero darles un consejo. Cuando vayan a morir, lloren. Traten de cualquier modo de forzar el llanto, aunque sea una gota. Ese es el camino del alma. Hagan por echar fuera su alma del cuerpo, porque si no sufrirán en todo el más duro e insoportable dolor que le es dado al hombre"

(Extraído del texto Después de la muerte publicado póstumamente)

lunes, 5 de mayo de 2008

Marcelo Lillo y el hielo

Escribo esto a las pocas horas de haber recibido 'El fumador y otros cuentos', de Marcelo Lillo, recién publicado en Madrid. Es el primero de sus libros que ve la luz

Visité por primera vez Chile como jurado del veterano concurso de cuentos de la revista Paula, en su edición de 1999. Conocía a Carolina Díaz, redactora de la revista, y ella fue quien me enroló, poco después de que los dos hubiéramos conspirado, el año anterior, para convencer a Roberto Bolaño de ser jurado del concurso, motivo por el que, en 1998, Bolaño viajó a Chile por primera vez en veinticinco años.

Aquel año de 1999 fue premiado por unanimidad un relato que destacaba poderosamente entre todos los presentados: se titulaba "Hielo", y su autor era Marcelo Lillo, desconocido de todos. Por entonces Lillo, nacido en 1958, vivía, si no recuerdo mal, en Valdivia, donde era profesor. Desde allí viajó a Santiago para recibir el premio, que suele entregarse con alguna ceremonia. Fue aquella la única vez que lo he visto. Tenía un aspecto taciturno, y venía acompañado por una hermosa muchachita bastante más joven que él y que resultó ser su mujer. En la cena que siguió a la entrega del premio, ya en un ambiente más distendido, Lillo nos contó a quienes lo rodeábamos la romántica historia de su amor por esa muchachita, lectora al parecer voracísima, cuya familia, creo recordar, se oponía a su relación con Lillo. Escribo esto acudiendo únicamente a mi mala memoria, capaz de confundirlo todo. Espero no equivocarme mucho. Lillo nos contó también que acababa de destruir casi todo lo que llevaba escrito hasta entonces, y que ese cuento sorprendente, "Hielo", pertenecía a los comienzos de la que para él suponía una nueva etapa como narrador. Como narrador inédito y semiclandestino, todo sea dicho.

En la cena a la que me estoy refiriendo estaba presente Rafael Gumucio, a quien tanto Lillo como yo acabábamos de conocer. Gumucio, que se sentó cerca de nosotros, tuvo una de sus noches espectaculares, inspiradas, divertidísimas. Recuerdo bien la admiración y la gratitud con que Lillo, a la hora de despedirse, enfatizaba lo mucho que se había reído y lo bien que se lo había pasado.

A continuación transcurrieron varios años en blanco. Yo le había pedido a Lillo que no dejara de enviarme nuevas cosas que escribiera, pero sospecho que ni él ni yo conservamos las señas que probablemente intercambiamos. Alguna vez, en nuestros esporádicos encuentros, Carolina y yo especulábamos sobre cuál habría sido su suerte. De vez en cuando, ella alcanzaba a tener noticia de Lillo a través de la prensa de regiones, en la que aparecía su nombre como ganador o finalista de algún concurso de cuentos de provincia. ¿Se acuerdan ustedes de aquel cuento de Bolaño, "Sensini", que encabeza sus Llamadas telefónicas? El de Lillo parecía un destino parejo al de tantos personajes de Bolaño, escritores fantasmales cuya vida discurre entre el fracaso y el olvido.

Hasta que de pronto, hace apenas dos años, Carolina me escribió de improviso para decirme que había recuperado la pista de Lillo. Al parecer, éste había concursado de nuevo en el premio Paula, de nuevo con un relato excepcional -"La felicidad", se titulaba-, que ni siquiera quedó entre los finalistas de aquella convocatoria. Carolina tuvo el presentimiento de que se trataba del mismo autor de "Hielo", y antes de destruir el manuscrito se decidió a ponerse en contacto con él. Era Marcelo Lillo, en efecto.

Costó mucho hablar con él. Vivía ahora -sigue viviendo, remoto y austero, en espléndido aislamiento, al lado aún de su hermosa mujercita, con la sola compañía de un perro- en Niebla, localidad costera junto a la desembocadura del río Valdivia. No tenía -sigue sin tener- correo electrónico, y había que escribirle a Valdivia, a un apartado postal. Su laconismo al teléfono (un móvil) no ponía las cosas fáciles. Así y todo, Carolina consiguió que le mandara una copia del cuento, a la que venía adjunta una carta estremecedora: una crónica -familiar, en el fondo- de la soledad, de los pasos en falso, de los ninguneos en que se resuelven las trayectorias de tantos escritores alejados de los circuitos literarios y de los centros del poder editorial.

El cuento llegó por fin a mis manos y era, en verdad, excepcional. Esta vez fui yo quien llamé a Lillo para pedirle que me mandara más cosas, de ser posible tan buenas como "Hielo" y "La felicidad". No tardó en hacerlo. A las pocas semanas recibí una carpeta con nueve cuentos de parecido tenor, la mayor parte de ellos impecables, implacables también: duros, lacónicos, rotundos, en la huella de la mejor cuentística norteamericana. Le prometí a Lillo que le buscaría un editor. No me resultó difícil encontrarlo: mi buen amigo Constantino Bértolo compartió mi juicio sobre esos cuentos y propuso a Lillo su publicación. Los vientos empezaban a soplar favorables para Lillo. A los pocos días se enteró de que había ganado un premio de literatura juvenil con una novelita titulada La vida casi inventada, todavía inédita. A los pocos meses obtuvo, siempre en Chile, el premio a la Mejor Obra Inédita del 2007 otorgado por el Consejo Nacional del Libro, esta vez concedido a su colección de cuentos titulada Cachorro y otros cuentos, que al menos dos editoriales chilenas se han brindado a publicar.

Escribo esto a las pocas horas de haber recibido El fumador y otros cuentos, de Marcelo Lillo, recién publicado en Madrid por la editorial Caballo de Troya, que lo distribuirá también en Chile. Es el primero de sus libros que ve la luz. Por enero, Lillo me escribía que era rara la sensación de publicar este año, en que él cumple los cincuenta. "Por estos lugares los cincuentones están meciendo nietos. Siento una mezcla de emoción, ansiedad, pero también seguridad. Esto último me lo da el hecho de no tener que arrepentirme de nada".

En la tapa de El fumador y otros cuentos el editor escribe: "Están asistiendo al nacimiento de un gran autor. Éste es su primer libro. No será el último". Y no lo será, sin duda alguna. Lillo tiene escritas al menos un par de novelas y ultimada ya una nueva colección de cuentos. Los últimos meses los ha pasado leyendo a Flannery O'Connor y a John Cheever, entre otros. Después de la prolongada sequía del verano, en Niebla, vaciada de turistas, han caído ya las primeras lluvias, reverdeciendo los páramos. Quedan por delante largos meses de viento y de neblina, que Lillo enfrenta con buen humor, algunas botellas almacenadas y excelente apetito. En sus novelas rezuma Lillo una contagiosa cordialidad, una derrochadora bonhomía. En sus cuentos, sin embargo, predomina el ademán gélido y golpeador: son cuentos brutalmente invernales, que parecen acatar ese mandato de Kafka conforme al cual los libros deberían ser como hachas, capaces de romper el mar helado que todos llevamos dentro.

Ignacio Echevarría

El Mercurio, 04 de mayo de 2008

sábado, 26 de abril de 2008

EL MAR ERA UN LATIDO

MI VOZ

He nacido una noche de verano

entre dos pausas. Háblame: te escucho.

He nacido. Si vieras qué agonía

representa la luna sin esfuerzo.

He nacido. Tu nombre era la dicha;

bajo un fulgor una esperanza, un ave.

Llegar, llegar. El mar era un latido,

el hueco de una mano, una medalla tibia.

Entonces son posibles ya las luces, las caricias,

la piel, el horizonte,

ese decir palabras sin sentido

que ruedan como oídos, caracoles,

como un lóbulo abierto que amanece

(escucha, escucha) entre la luz pisada.


Con este poema se abre Espadas como labios (1932), segundo libro de Vicente Aleixandre. Tal día como hoy se cumplen 110 años de su nacimiento, en Sevilla.

martes, 22 de abril de 2008

AJEDREZ


El 22 de abril de 1899 nacía Vladimir Nabokov, aristocrático novelista y cazador de mariposas, creador de crucigramas y profesor de literatura, portero de futbol amateur y traductor al inglés de Pushkin. Pese a su fama de misántropo concedió gran número de entrevistas y en todas ellas se mostró por igual brillante y encantador.

"Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio"

(Traducción de Lluis María Todó)

lunes, 21 de abril de 2008

EL FRANCOTIRADOR








Raymond Williams

Solos en la ciudad

Debate, 1997







Tal y como promete el subtítulo del libro, y el autor mismo explicita en la advertencia preliminar, este libro recopila "una serie de conferencias acerca de la novela inglesa desde Charles Dickens hasta D. H. Lawrence, que he ofrecido en los últimos siete años en la English Faculty de Cambridge". Raymond Williams se atreve incluso a poner fecha concreta al tumultuoso periodo que examina: de 1846 (año del inicio de la publicación por entregas de la "radicalmente innovadora" Dombey e hijo) a 1928 (año de publicación de El amante de Lady Chatterley), y en el intervalo se publica la obra de, ahí es nada, Charlotte y Emily Brontë, George Eliot, Thomas Hardy y Joseph Conrad. Solos en la ciudad propone un estimulante análisis de la novela anglosajona de la época -mediante fértiles glosas de los autores citados-, ante el problemático paso del campo a la ciudad que supuso la revolución industrial. Ya desde las primeras páginas, el autor no deja de llamar la atención acerca de los temas que orientan la intención rectora del libro:

"En qué consiste una comunidad, qué ha sido, en qué puede convertirse: cómo se vincula con los individuos y sus relaciones; cómo los hombres y las mujeres, directamente comprometidos, se ven a ellos mismos o van más allá de ellos mismos. Cómo dibujan, a veces a favor, pero con más frecuencia en contra de sus propias figuras, la forma de una sociedad" pag. 12

Siguiendo al pie de la letra los preceptos de la novela victoriana, para Jane Austen "los vecinos no son las personas que literalmente viven más cerca. Son aquellas que viven un poco más lejos pero a las que, en acto de reconocimiento social, se puede visitar". Un formidable salto cualitativo se produce a partir de Charles Dickens (1812-1870), que provoca una ruptura dentro de la historia de la novela no tanto porque otorgue por vez primera carta de naturaleza a los "humillados y ofendidos", sino porque en sus ficciones crea una nueva conciencia de "relaciones desconocidas e inadvertidas, conexiones profundas y decisivas, reconocimientos definidos (...) Se trata de vinculaciones reales e inevitables, de los necesarios reconocimientos y confesiones de cualquier sociedad humana, aunque se vean oscurecidas, complicadas y enmascaradas por la prisa, el ruido y lo variopinto de este orden social nuevo y complejo" pag. 37.

A continuación, Williams analiza brevemente la obra de las hermanas Brontë, donde las referencias a la crisis social se han visto a menudo ensombrecidas -sobre todo en Cumbres borrascosas (1847)- por una exhibición de la pasión amorosa, no en vano respecto a esta última se asegura que "no existe novela en la literatura inglesa que contenga tal intensidad y dimensión en los sentimientos". De George Eliot (1819-1880), pseudónimo de Mary Ann Evans y autora de obras maestras como El molino junto al Floss (1860) y Middlemarch (1872), se destaca la tensión surgida por la actitud insumisa de sus personajes entre "una idea de responsabilidad y coraje para la vida" y la realidad de un mundo "limitado y frustrante"

En cuanto a Thomas Hardy (1840-1928), que publicó entre otras Lejos del mundanal ruido (1874), El alcalde de Casterbridge (1886) y Jude el oscuro (1895) antes de dedicarse por completo a la poesía, se revela su verdadera personalidad, esto es, un "observador educado y participante apasionado en un periodo de cambio radical y general" y al tiempo "Hardy consiguió poner en el centro de sus novelas el proceso corriente de la vida y el trabajo. A pesar de su posición de observador cultivado, todavía toma la acción novelística de la vida ordinaria de sus compatriotas. El trabajo está presente en sus obras más decisivamente que en cualquier otro escritor inglés de comparable importancia" pag. 137

Respecto al imprescindible Joseph Conrad (1857-1924) la atención se centra en las obras de mayor contenido social como El corazón de la tinieblas (1899), Nostromo (1904) y El agente secreto (1907) y, así, Raymond Williams observa con singular agudeza: "Conrad alcanza a construirse completamente una identidad como novelista cuando imagina y crea a partir de su propia experiencia" para terminar finalmente emulando el poderoso estilo Joseph Conrad: "la soledad no es la condición del hombre, sino la respuesta, la respuesta trágica, a una acción y una historia (...) El mundo imaginado, único, fruto de una creación deliberada, el mundo ahora conocido del polaco inglés: Conrad el explorador, el incansable, el que atravesó los mares"

Por último, le llega el turno a D.H. Lawrence (1885-1930), autor entre otras de Hijos y amantes (1913) y Mujeres enamoradas (1920) del que con vocación sin duda polémica o subversiva se llega a afirmar: "fue el más dotado novelista inglés de la época" y sus novelas son "una especie de milagro del lenguaje".

Raymond Williams (1921-1988), de origen galés y ascendencia proletaria, pasa por ser uno de los más prestigiosos críticos culturales del pasado siglo que, dotado de una aguda capacidad de penetración bajo una óptica inequívocamente marxista, ha ido conquistando una posición tan excéntrica e irreductible como necesaria: la del francotirador. Y no desde otro lugar se puede ejercer la crítica literaria con la suficiente dosis de autonomía y la perspectiva adecuada (como recordaba Ignacio Echevarría hace poco más de una semana)


Hasta pronto

viernes, 18 de abril de 2008

EN ESTADO DE GRACIA






Pablo D'Ors
El estupor y la maravilla

Pretextos, 2007










Una propuesta tan arriesgada como El estupor y la maravilla resulta, en primera instancia, no sólo insólita sino un tanto intempestiva, pues hay que remontarse a mediados los años ochenta del pasado siglo para encontrar por estos pagos una obra con tamaña ambición, similares premisas y parecida enjundia (me refiero, por supuesto, a La dama del viento sur de Javier García Sánchez). En la triste situación actual de las letras españolas hay que saludar con el entusiasmo que merece una obra de estas características.

El estupor y la maravilla pasa por ser las memorias de Alois Vogel, vigilante durante veinticinco años del Museo de los Expresionistas de Coblenza. No exageraría en absoluto quien una vez leído el libro asegurara que la acción trascurre entre las cuatro paredes del imaginario museo. Acotando más si cabe el escenario por un prurito de exactitud, digamos que toda la novela acontece en la cabeza de Alois Vogel. El escritor que desdeña el argumento debe construir -con el fin de evitar el bostezo y persuadir al lector en su empeño- una voz narrativa seductora y poderosa a la vez. Pablo D'Ors lo consigue desde la primera línea

"Dicen que la tarea que desempeño desde hace veinticinco años -ser vigilante en un museo- es completamente inútil; yo no lo creo, no al menos completamente, y ello porque casi todo en este mundo necesita ser vigilado, al menos en ocasiones. No me refiero sólo a los presos en la cárcel, a los enfermos en el hospital o a los locos en los manicomios (gentes, todas ellas, que han de ser vigiladas más que cualesquiera otras), sino también a las fieras en el zoológico -que de alguna manera son vigiladas-; a los niños en la escuela -a los que se suele brindar más vigilancia que educación-; y, por supuesto, a los trabajadores de una empresa -a quienes no es infrecuente encontrar holgazaneando cuando no se los vigila-." pag. 15

Aunque contiene también el relato minucioso de una obsesión -el vuelo de una mosca, las arrugas del pantalón, una mancha de humedad en el techo, el taconeo de una misteriosa visitante- y una hermosa historia de amor en la edad madura, El estupor y la maravilla no esconde el propósito de realizar, sobre todo, un homenaje a lo insignificante, a lo trivial, mediante una radical exaltación de la mirada que llega al punto de parecer en algún momento casi una epifanía de la contemplación mística (aquí viene al caso recordar que, no en vano, Pablo D'Ors, además de escritor y colaborador en un suplemento literario, es sacerdote y teólogo)

"Cuando miramos algo mucho tiempo, sea lo que sea, terminamos por afirmar su fealdad e insignificancia, o incluso su ridiculez, Ahora bien, si ese mismo objeto o persona se mira durante mucho más tiempo, esa insignificancia y fealdad, ese inevitable ridículo, se trastoca misteriosamente en belleza y sentido" pag. 114-115

"Y es que he llegado a un punto en el que todo -hasta lo más pequeño, sobre todo lo más pequeño- me produce un hondo estupor. Ante cualquier cosa que vea, toque, guste, oiga o huela, me sobreviene la impresión de estar frente a una maravilla. Y eso es lo que he descubierto en estos años: el estupor y la maravilla" pag. 202

No debe pasar inadvertido el sesgo irónico y hasta humorístico de buena parte de los episodios narrados, entre los que resulta particularmente hilarante la controversia de la ventana del museo o el duelo de toses entre vigilantes de distintas salas. Por lo demás, es innegable el ascendiente de Kafka, Musil, Walser y Bernhard, es decir, de la mejor literatura centroeuropea del siglo pasado. El estupor y la maravilla sin embargo -frente a la atmósfera sombría, claustrofóbica y a menudo pesimista que preside la obra de los autores citados- posee un inconfundible carácter afirmativo, de celebración y acatamiento de la vida (y acaso esta sospecha de resignación o conformismo sea la única debilidad de la novela)

"En realidad, no creo que haya que moverse mucho para saberse vivo. Cuanto más nos movemos, más descubrimos lo muertos que estamos. Lo que he aprendido en el museo (...) es a estarme quieto. Todos nuestros movimientos a lo largo de nuestra vida tienen un único propósito: aprender a estarse quieto" pag. 272

Página tras página Pablo D'Ors, mediante un sutil entramado de impecable factura -tan liviano que se diría inexistente-, va levantando la frágil estructura de El estupor y la maravilla que, como un castillo de naipes prodigioso, se muestra al lector tras la última página en toda su efímera y majestuosa estatura.

"Lo que realmente me atrae -ahora lo sé- es ver a los hombres bajo el influjo de las obras de arte: en ese instante, como también -aunque de otra forma- cuando están bajo los efectos del enamoramiento o de la oración, hay en todo individuo algo que le hace único y conmovedor" pag. 195

Tal y como se dice en algún momento de la novela, "cualquier vida es insólita o estrafalaria vista desde fuera". Lo extraordinario, sin duda, es contarlo con la maestría de Pablo D'ors.

Un libro escrito en estado de gracia.


Hasta pronto
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(Para no deslucir la reseña dejo aquí aparcadas algunas reflexiones inoportunas, acaso, pero pertinentes)

Resulta cuanto menos desolador la exigua acogida que ha obtenido este libro entre la cada vez más mediocre y desorientada crítica literaria de este país. ¿Cómo es posible que haya pasado desapercibida -con la excepción de Ricardo Senabre en El Mundo- una obra de este calibre? o para ser más precisos ¿por qué los lectores de diarios de tirada nacional como El País o ABC o La Razón no han tenido apenas noticia de la publicación de El estupor y la maravilla? y por lo tanto ¿cual es la función -aparte de la publicitaria- que cumplen en la actualidad los suplementos, y por ende los críticos, literarios en España?

Resignémonos a repetir lo que memorablemente escribió Francisco Rico "pocas cosas, en los últimos años, más distantes de la literatura que la teoría y la crítica literarias"

jueves, 17 de abril de 2008

OSTRAS Y CHAMPAGNE



Hace 123 años tal día como hoy nacía en la localidad danesa de Rungsted la escritora Karen Blixen -más conocida por Isak Dinesen, nombre de pluma bajo el que publicó su célebre libro de memorias Out of Africa. Cuenta la leyenda que en su vejez sólo se alimentaba de ostras y champagne.

"En verdad llevamos máscaras según vamos envejeciendo, las máscaras de nuestra edad, y los jóvenes creen que somos como parecemos, lo cual no es el caso"

(Extraído del libro Vidas escritas de Javier Marías)