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viernes, 18 de abril de 2008

EN ESTADO DE GRACIA






Pablo D'Ors
El estupor y la maravilla

Pretextos, 2007










Una propuesta tan arriesgada como El estupor y la maravilla resulta, en primera instancia, no sólo insólita sino un tanto intempestiva, pues hay que remontarse a mediados los años ochenta del pasado siglo para encontrar por estos pagos una obra con tamaña ambición, similares premisas y parecida enjundia (me refiero, por supuesto, a La dama del viento sur de Javier García Sánchez). En la triste situación actual de las letras españolas hay que saludar con el entusiasmo que merece una obra de estas características.

El estupor y la maravilla pasa por ser las memorias de Alois Vogel, vigilante durante veinticinco años del Museo de los Expresionistas de Coblenza. No exageraría en absoluto quien una vez leído el libro asegurara que la acción trascurre entre las cuatro paredes del imaginario museo. Acotando más si cabe el escenario por un prurito de exactitud, digamos que toda la novela acontece en la cabeza de Alois Vogel. El escritor que desdeña el argumento debe construir -con el fin de evitar el bostezo y persuadir al lector en su empeño- una voz narrativa seductora y poderosa a la vez. Pablo D'Ors lo consigue desde la primera línea

"Dicen que la tarea que desempeño desde hace veinticinco años -ser vigilante en un museo- es completamente inútil; yo no lo creo, no al menos completamente, y ello porque casi todo en este mundo necesita ser vigilado, al menos en ocasiones. No me refiero sólo a los presos en la cárcel, a los enfermos en el hospital o a los locos en los manicomios (gentes, todas ellas, que han de ser vigiladas más que cualesquiera otras), sino también a las fieras en el zoológico -que de alguna manera son vigiladas-; a los niños en la escuela -a los que se suele brindar más vigilancia que educación-; y, por supuesto, a los trabajadores de una empresa -a quienes no es infrecuente encontrar holgazaneando cuando no se los vigila-." pag. 15

Aunque contiene también el relato minucioso de una obsesión -el vuelo de una mosca, las arrugas del pantalón, una mancha de humedad en el techo, el taconeo de una misteriosa visitante- y una hermosa historia de amor en la edad madura, El estupor y la maravilla no esconde el propósito de realizar, sobre todo, un homenaje a lo insignificante, a lo trivial, mediante una radical exaltación de la mirada que llega al punto de parecer en algún momento casi una epifanía de la contemplación mística (aquí viene al caso recordar que, no en vano, Pablo D'Ors, además de escritor y colaborador en un suplemento literario, es sacerdote y teólogo)

"Cuando miramos algo mucho tiempo, sea lo que sea, terminamos por afirmar su fealdad e insignificancia, o incluso su ridiculez, Ahora bien, si ese mismo objeto o persona se mira durante mucho más tiempo, esa insignificancia y fealdad, ese inevitable ridículo, se trastoca misteriosamente en belleza y sentido" pag. 114-115

"Y es que he llegado a un punto en el que todo -hasta lo más pequeño, sobre todo lo más pequeño- me produce un hondo estupor. Ante cualquier cosa que vea, toque, guste, oiga o huela, me sobreviene la impresión de estar frente a una maravilla. Y eso es lo que he descubierto en estos años: el estupor y la maravilla" pag. 202

No debe pasar inadvertido el sesgo irónico y hasta humorístico de buena parte de los episodios narrados, entre los que resulta particularmente hilarante la controversia de la ventana del museo o el duelo de toses entre vigilantes de distintas salas. Por lo demás, es innegable el ascendiente de Kafka, Musil, Walser y Bernhard, es decir, de la mejor literatura centroeuropea del siglo pasado. El estupor y la maravilla sin embargo -frente a la atmósfera sombría, claustrofóbica y a menudo pesimista que preside la obra de los autores citados- posee un inconfundible carácter afirmativo, de celebración y acatamiento de la vida (y acaso esta sospecha de resignación o conformismo sea la única debilidad de la novela)

"En realidad, no creo que haya que moverse mucho para saberse vivo. Cuanto más nos movemos, más descubrimos lo muertos que estamos. Lo que he aprendido en el museo (...) es a estarme quieto. Todos nuestros movimientos a lo largo de nuestra vida tienen un único propósito: aprender a estarse quieto" pag. 272

Página tras página Pablo D'Ors, mediante un sutil entramado de impecable factura -tan liviano que se diría inexistente-, va levantando la frágil estructura de El estupor y la maravilla que, como un castillo de naipes prodigioso, se muestra al lector tras la última página en toda su efímera y majestuosa estatura.

"Lo que realmente me atrae -ahora lo sé- es ver a los hombres bajo el influjo de las obras de arte: en ese instante, como también -aunque de otra forma- cuando están bajo los efectos del enamoramiento o de la oración, hay en todo individuo algo que le hace único y conmovedor" pag. 195

Tal y como se dice en algún momento de la novela, "cualquier vida es insólita o estrafalaria vista desde fuera". Lo extraordinario, sin duda, es contarlo con la maestría de Pablo D'ors.

Un libro escrito en estado de gracia.


Hasta pronto
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(Para no deslucir la reseña dejo aquí aparcadas algunas reflexiones inoportunas, acaso, pero pertinentes)

Resulta cuanto menos desolador la exigua acogida que ha obtenido este libro entre la cada vez más mediocre y desorientada crítica literaria de este país. ¿Cómo es posible que haya pasado desapercibida -con la excepción de Ricardo Senabre en El Mundo- una obra de este calibre? o para ser más precisos ¿por qué los lectores de diarios de tirada nacional como El País o ABC o La Razón no han tenido apenas noticia de la publicación de El estupor y la maravilla? y por lo tanto ¿cual es la función -aparte de la publicitaria- que cumplen en la actualidad los suplementos, y por ende los críticos, literarios en España?

Resignémonos a repetir lo que memorablemente escribió Francisco Rico "pocas cosas, en los últimos años, más distantes de la literatura que la teoría y la crítica literarias"

martes, 8 de abril de 2008

EL ESCRITOR ES EL ESTILO








Danilo Kiš

La Enciclopedia de los muertos

El Aleph, 2002









Danilo Kiš es un escritor de origen yugoslavo y ascendencia judía cuyo prematuro fallecimiento ocurrido en 1989 truncó una meteórica carrera litararia no tanto por el número de ventas de sus libros cuanto por la creciente repercusión internacional de una obra elogiada por Joseph Brodsky, traducida en la actualidad a más de veinte idiomas y comparada con la de Italo Calvino, Borges o Bruno Schulz. No resulta en absoluto superfluo mencionar también que Danilo Kiš tradujo a su lengua materna a autores de la talla de Baudelaire, Verlaine, Queneau o Alexander Blok.

Los nueve relatos que contiene La enciclopedia de los muertos están de una u otra forma relacionados con la muerte. Pero no se piense que por ello el tono general del volumen sea necesariamente fúnebre o siniestro. Tal y como el propio autor advierte en el Post Scriptum se trata de "variaciones" en torno a textos religiosos y profanos de diversa procedencia -desde el Corán a una leyenda gnóstica pasando por los Protocolos de los Sabios de Sion- de tal manera que "este libro podría llevar el subtítulo de 'El diván occidental-oriental', en un contexto claramente irónico y paródico". Así, el lector se puede encontrar una heterodoxa parábola cristiana (Simón el Mago), la desconsolada plegaria por una puta (Honores fúnebres), el relato de una resurrección (La leyenda de los siete durmientes), un atroz episodio espiritista (El espejo de los desconocido), una fábula con moraleja (La historia del Maestro y del disípulo), una ambigua historia de heroísmo (Es glorioso morir por la patria), un enjundioso ensayo convertido en ficción (El libro de los reyes y de los tontos) y finalmente una documentada crítica a la crítica indocumentada (Sellos rojos con la efigie de Lenin).

"Uno no puede llevar su biblioteca personal sobre la espalda como un caracol. La única biblioteca personal del hombre es la que permanece en su memoria: la quintaesencia, el residuo" pag. 148

En cuanto al relato que da título al libro -el más destacado del conjunto a pesar del tópico recurso final del sueño- es una claustrofóbica y minuciosa pesadilla en torno a una enciclopedia recóndita, recopilada por una "extraña casta de eruditos", con innegables resonancias borgianas (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, La biblioteca de Babel, Del rigor de la ciencia):

"La historia es para el «Libro de los muertos» la suma de los destinos humanos, un conjunto de acontecimiento efímeros. Por esta razón está reseñada cada actividad, cada pensamiento, cada soplo creador, cada cota inscrita en el registro, cada pala de barro, cada movimiento que haya desplazado un ladrillo de los muros derrumbados" pag. 63

Lo primero que llama la atención al lector es la supremacía de un estilo elegíaco, discursivo, poderoso y subyugante que se enseñorea de la escritura desde la primera línea dejando al hilo narrativo en un segundo plano lo cual paradójicamente no resta un ápice de interés a los relatos. En uno de los ensayos del libro Homo poeticus (1983) Danilo Kiš realizó la siguiente declaración de intenciones: "El argumento de mis libros es, para citar a Nabokov, el estilo. O viceversa: el estilo de mis libros es su argumento". Y es que como ya dejó dicho Juan Benet, citando a Buffon: "El estilo es una plataforma superior sobre la que descansa el lenguaje. El estilo es sobre lo que puedes trabajar. Con el lenguaje apenas puedes hacer nada. Las palabras te vienen dadas por el uso y entonces es una cosa común a todos. El escritor, en definitiva, es el estilo" (1).

"Sordos, el oído sellado por el plomo del sueño y la pez de la oscuridad, yacían inmóviles, ensimismados ante la tinieblas de su ser, tinieblas del tiempo y de la eternidad que había petrificado su corazón de durmientes, que había detenido su aliento y el movimiento de sus pulmones, que había helado el rumor de la sangre en sus venas" pag. 76

Por su acusada inspiración "libresca", la índole metaliteraria y el caracter de palimpsesto de los relatos que forman La enciclopedia de los muertos, se podría aplicar al escritor balcánico la disuasoria etiqueta de "escritor para escritores". Sin duda sería más acertado definir a Danilo Kiš con el pleonasmo "escritor para lectores". Para lectores, eso sí, con buen gusto.

"La historia la escriben los vencedores. El pueblo teje las leyendas. Los escritores imaginan. Sólo la muerte es innegable"

Tan sólo resta apuntar un pequeño descuido en la por lo demás brillante traducción de Nevenca Vasiljevic: en el relato La Enciclopedia de los muertos aparece varias veces el término "geómetros" (¿?) donde debería decir cartógrafos. Es una lástima que la exquisita prosa de Danilo Kiš se vea enturbiada por una errata que se podría haber evitado con una simple revisión del texto previa a su publicación. Confiemos en que se cuiden estos detalles en la edición de su obra completa que está llevando a cabo El Acantilado.


Hasta pronto


(1) Juan Benet, Cartografía personal, pag. 146

domingo, 9 de marzo de 2008

UN PERVERSO CUENTO DE HADAS









Ray Bradbury

La feria de las tinieblas

Minotauro, 2001









El escritor estadounidense Ray Bradbury fue galardonado en el año 2006 con el VI Premio Reino de Redonda "por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original como poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo" y nombrado Duke of Diente de León en la peculiar nobleza redondina que reúne entre otros a Lobo Antunes, Almodovar, Coetzee, Sebald, Coppola, John Ashbery o Anthony Beevor. Desde este blog nos hemos propuesto recuperar su obra, buena parte de la cual lamentablemente no se encuentra a disposición del lector sino en librerías de viejo.

Publicada en 1962, La feria de las tinieblas (cuyo shakesperiano título original Something Wicked this Way Comes procede de Macbeth y literalmente significa "Algo terrible se avecina") cuenta la historia de dos adolescentes, Jim Nightshade y Will Halloway, unidos desde su nacimiento por una ominosa coincidencia -"Todos los años Will encendía las velas de una única tarta, un minuto antes de medianoche, y Jim las apagaba soplando un minuto después, cuando empezaba el último día de octubre", no en vano víspera de Todos los Santos- que tras enfrentarse a la siniestra atracción que una feria sobrenatural ejerce sobre ambos "ya nunca más fueron tan jóvenes..." Es decir, una especie de Bildungsroman -o novela de aprendizaje- del género fantástico.

El padre de Will -"Charles Halloway, ciudadano, padre, marido introspectivo, vagabundo de la noche y guardián de la biblioteca"- ejerce el papel de "guía turístico" en este portentoso viaje a la madurez salpicando el camino con certeras reflexiones en torno al ser humano:

«
En algún momento dejamos caer la garra del gorila. En algún momento dejamos de lado los dientes del carnívoro y nos pusimos a mascar hierba. Metimos tierra junto con sangre en nuestra filosofía, durante muchas generaciones. Desde entonces nos hemos situado a nosotros mismos bastante por encima del mono, pero muy por debajo del ángel (...) Y en definitiva ¿qué somos? Criaturas que saben, y que saben demasiado» pag. 204-205

«Un hombre, una mujer, antes de separarse o matarse prefieren hostigarse toda una vida, tirándose de los pelos, sacándose las uñas. El sufrimiento ajeno es como una droga que ayuda a vivir» pag. 212

Ray Bradbury recupera en este libro al Hombre Ilustrado, personaje que había utilizado con anterioridad en una colección de relatos del mismo nombre. Aquí el Hombre Ilustrado -así denominado porque su cuerpo está cubierto de enigmáticos tatuajes, nada que ver con Diderot o Voltaire- tiene por nombre Dark y es propietario de la feria ambulante "El Pandemonium de las Sombras" que presenta entre otras las siguientes atracciones: ¡LA MUJER MÁS HERMOSA DEL MUNDO!, ¡MEFISTÓFELES, EL BEBEDOR DE LAVA! ¡EL HOMBRE ELÉCTRICO! ¡EL MONSTRUO MONTGOLFIER! ¡MADEMOISELLE TAROT! ¡EL HOMBRE COLGANTE! ¡EL DEMONIO GUILLOTINA! ¡EL ESQUELETO! ¡LA BRUJA DEL POLVO! Sin olvidar un carrusel para viajar en el tiempo y el insondable laberinto de espejos. Una sugestiva oferta ¿no les parece?

En ocasiones se enseñorean del relato los fenómenos de feria -criaturas aberrantes, sí, pero también prodigiosas, más dignas de lástima que de escarnio (y de pronto se viene a la memoria la turbadora Freaks de Todd Browning). Quién sabe si un monstruo acaso no produce espanto o fascinación tanto por su deformidad cuanto por el asombroso parecido que guarda con el tipo que nos es dado contemplar cada mañana en el espejo.

Atendiendo al carácter fantástico y a la sencilla complejidad de su argumento, parece legítimo situar La feria de las tinieblas en el territorio de la literatura juvenil -y bien mirado algo tiene de perverso cuento de hadas- aunque el singular estilo de Bradbury entre pueril y bizarro, entre alegórico y zumbón, permite que su lectura pueda ser disfrutada a cualquier edad.

«Una feria ha de ser toda gruñidos, rugidos, ruidos ensordecedores de maderas amontanadas, sacudidas y golpeadas, explosiones de polvo de león, hombres animados por la furia del trabajo, botellas descorchadas, caballos desbocados, una estampida de máquinas y elefantes a través de lluvias de sudor, mientras las cebras relinchan y tiemblan como jaulas encerradas en jaulas» ..pag. 61

El libro contiene un esclarecedor epígrafe extraído de Moby Dick que cabe considerar asimismo como una moraleja anticipada: "No sé todo lo que puede venir, pero de cualquier modo, iré hacia eso riendo"


Hasta pronto

domingo, 2 de marzo de 2008

LA ÉTICA DEL PEÓN DE AJEDREZ






Arturo Pérez Reverte

Un día de cólera

Alfaguara, 2007







La primera cuestión que asalta al lector de Un día de cólera es la problemática filiación de un texto que ya antes de su inicio se define negativamente "Este relato no es ficción ni libro de Historia". Pérez Reverte, no obstante, despejaba cualquier asomo de duda en la presentación del libro emparentándolo con El diario del año de la peste de Daniel Defoe, ¿Arde París? de Collins y Lapierre o El día más largo de Cornelius Ryan "que son libros documento, libros reportaje". Nada que objetar.

Un día de cólera es el segundo libro de estas características -por encargo editorial y en vísperas de sendos bicentenarios, aquél sobre la batalla de Trafalgar y en torno al 2 de Mayo éste- que Arturo Pérez Reverte ha dado a la imprenta en apenas tres años. Acaso sea productivo hacer un somero escrutinio de ambas obras, más para percibir las diferencias que para comprobar sus evidentes similitudes, no en vano comparten una misma y declarada intención: "He querido meter al lector en la batalla, que la viviera desde dentro" -Cabo Trafalgar (2004)-, "He querido hacer que el lector lo viva, por primera vez, en la calle. Que entienda cómo fue, y que se sienta un participante, que pase miedo, que corra, que sude" -Un día de cólera (2007). Sin duda éste puede ser un objetivo muy respetable para el escritor de novelas pero ¡ojo! se deben cuidar las formas. Mientras que -pongamos por caso- Joseph Conrad tan sólo permite al lector vislumbrar apenas la peripecia a través del ojo de la cerradura, Pérez Reverte no se anda por las ramas y reventando la puerta de un puntapié sitúa al espectador de sopetón en plena reyerta (la denominación lector/espectador no es en modo alguno gratuita pues resulta cristalino el ascendente cinematográfico en la escritura de éste último).

Si en Cabo Trafalgar Pérez Reverte se "permitió" introducir en el relato un navío que nunca existió (de nombre Antilla) a bordo del cual trascurre la mayor parte de la acción porque "es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción" -relato aderezado además con un lenguaje rudimentario, a menudo pedestre, repleto de onomatopeyas de comic y anacronismos de juzgado de guardia- en Un día de cólera, sin embargo, se afirma que "cuantas personas y lugares aparecen aquí son auténticos, así como los sucesos narrados y muchas de las palabras que se pronuncian (...) Lo imaginado, por tanto, se reduce a la humilde argamasa narrativa que une las piezas" Para tranquilidad del lector aclaremos que el estilo de este libro resulta sobrio, comedido e incluso elegante en comparación con el de su predecesor.

Un día de cólera es sobre todo un conmovedor homenaje a los caídos el 2 de Mayo. Se detallan escrupulosamente los heroicos rasgos de su feroz lucha contra el ejército francés y los patéticos pormenores de su muerte. La enumeración de nombres y apellidos, lugar de origen, edad y hasta profesión engarzados como las cuentas de un rosario en minuciosas letanías llegan en algún caso a ser sobrecogedoras:

«Sólo en el Prado, los sepultureros llenarán al día siguiente nueve carros de cadáveres, pues la cantidad de ejecutados allí es enorme. Entre ellos se cuentan el zapatero Pedro Segundo Iglesias, que tras matar a un francés fue delatado por un vecino en la calle del Olivar, el mozo de labor del real sitio de San Fernando Dionisio Santiago Jiménez Coscorro, el toledano Manuel Francisco González, el herrero Julián Duque, el escribiente de lotería Francisco Sánchez de la Fuente, el vecino de la calle del Piamonte Francisco Iglesias Martínez, el criado asturiano José Méndez Villamil, el mozo de cuerda Manuel Fernández, el arriero Manuel Zaragoza, el aprendiz de quince años Gregorio Arias Calvo -hijo único del carpintero Narciso Arias- el vidriero Manuel Almagro López, y el joven de diecinueve años Miguel Facundo Revuelta, jardinero de Griñón que combatió junto a su padre Manuel Revuelta(...)» pag. 355

No cabe duda de que Arturo Pérez Reverte goza del favor mayoritario del público lector. No cabe duda de que posee una indudable destreza para la narración, sus novelas suelen ser ágiles y directas, sus libros siempre están muy bien documentados. No cabe duda también de que -parafraseando a Flaubert- sólo con oficio y buenas intenciones no se logra una literatura de calidad.

Para explicar a su capitán Alatriste, Arturo Pérez Reverte ha recurrido en ocasiones a la afortunada expresión "la ética del peón de ajedrez" que, por extensión, podría aplicarse asimismo a casi todos los demás protagonistas de sus novelas. Es harto conocida la predilección de este escritor por el héroe solitario, el perdedor anónimo, el españolito de a pie (cuanto más cutre, analfabeto y patibulario mejor). El problema no es la extracción social o el nivel académico de sus personajes -faltaría más- sino que la mencionada figura de ajedrez sirve perfectamente para ilustrar tanto el grado de exigencia de Pérez Reverte a la hora de escribir sus libros como también -mucho me temo- el tipo de público al que éstos inequívocamente se dirigen.

Y este lector, como mínimo, es un alfil.



Hasta pronto

martes, 19 de febrero de 2008

EXQUISITO DIVERTIMENTO








Virginia Woolf

Orlando

Edhasa, 1990









Una de las acepciones del término "clásico" según el diccionario de uso del español de María Moliner reza de la siguiente manera: "Por oposición a romántico, se aplica a cualquier creación del espíritu humano en que la razón y el equilibrio predominan sobre la pasión o la exaltación". Siguiendo la definición al pie de la letra -más allá de que estemos o no de acuerdo con ella (pues, se me ocurre, ¿no se pueden dar clásicos románticos?, ¿Qué hay entonces del joven Werther, de Pushkin, del gran Hölderlin, de nuestro Becquer?)- nada más alejado de un clásico que el Orlando de Virginia Wolf. Se trata de un texto torrencial, de argumento inverosímil, escrito en un registro marcadamente paródico que fía buena parte de sus posibilidades a un estilo seductor pero exasperante, a menudo hiperbólico y preciosista en exceso (cuánta parte de "culpa" del mismo pueda tener Jorge Luis Borges, el notorio traductor, es quizá harina de otro costal). Un estilo, en definitiva, encantado de haberse conocido:

«El rojo de sus mejillas era aterciopelado como un durazno; el vello sobre el labio era apenas un poco más tupido que el vello sobre las mejillas. Los labios eran cortos y ligeramente replegados sobre dientes de una exquisita blancura de almendra. Nada molestaba el vuelo breve y tenso de la sagitaria nariz; el cabello era oscuro, las orejas pequeñas y bien pegadas a la cabeza. (...) en cuanto miramos a Orlando parado en la ventana debemos admitir que tenía ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecía haberse desbordado de ellos ensanchándolos, y una frente como la curva de una cúpula de marmol apretadas entre los dos medallones lisos que eran sus sienes» pag. 12-13

Menudean las sentencias de singular agudeza -"Una simple canción de Shakesperare ha hecho más por los pobres y los malvados que todos los predicadores y filántropos de la tierra" (pag. 125)- pero también las enumeraciones abigarradas que de manera gratuita y caprichosa suspenden la narración y con ella, en ocasiones, el interés del lector:

«De una vasta cruz con florones de oro afiligranado pendían velos de novia y crespones de viuda; enganchados a otros salientes había palacios de cristal, cunas de mimbre, yelmos militares, coronas fúnebres, pantalones, patillas, tortas de boda, artillería, árboles de Navidad, telescopios, animales prehistóricos, globos terráqueos, mapas, elefantes, compases y teodolitos (...)» pag. 167

Llegados a este punto ruego al improbable lector de este blog me dispense de una relación minuciosa -por fuerza agotadora, y a fin de cuentas estéril- de las peripecias del protagonista pues, como queda dicho, el argumento es lo de menos. Baste esbozar los rasgos más pintorescos para hacerse una idea cabal del retrato completo: Orlando cae por dos veces en un letargo de siete días, Orlando cambia de sexo, Orlando posee una mansión de 365 habitaciones, Orlando se casa con un tal Marmaduke Bonthrop Shelmerdine... al abrir el libro saludamos a un adolescente en la inglaterra isabelina y al cerrarlo despedimos, transcurridos más de trescientos años, a una mujer adulta en pleno siglo XX. No en vano la propia Virginia Wolf confesaba en su diario "el deseo de escribir 'una narración a lo Defoe para divertirme', algo burlesco y desatado en cuyas páginas 'mi propia vena lírica sería satirizada'"(1)


Sin embargo, y pese a todo lo anteriormente objetado a Orlando, hemos de señalar a su favor el exquisito talento puesto en juego por la Wolf para hacer comestible un plato fuertemente indigesto, la muy atinada parodia del género biográfico que recorre toda la obra, así como los desopilantes pasajes donde se enseñorea del texto el sarcasmo más feroz:

«Los médicos, entonces, no eran mucho más sabios que ahora, y después de recetarle reposo y ejercicio, ayuno y superalimentación, compañía y soledad, regimen de cama y cabalgatas de cuarenta millas entre el almuerzo y la comida, sin perjuicio de los calmantes y excitantes acostumbrados» pag. 50-51

«sólo los más diestros estilistas pueden comunicar la verdad, y cuando uno se encuentra con un escritor sencillo y monosilábico, hay todas las razones para pensar que el pobre hombre miente» pag. 185

Al fin y al cabo, algún merito debe tener un libro del que se pueden extractar fragmentos tan turbadoramente bellos como el siguiente:

«Porque una sabia disposición de la naturaleza ha determinado que nuestro espíritu moderno casi pueda prescindir del lenguaje: las expresiones más comunes bastan, ya que ninguna expresión basta; por eso la conversación más vulgar es a menudo la más poética, y la más poética es precisamente la que no se puede escribir» pag. 181

Por cierto, en Orlando no hay rastro del célebre "stream of consciusness.


Hasta pronto

(1) Extractado del artículo "El yo de todos" de Vicente Molina Foix, El Pais 03/10/2002

lunes, 11 de febrero de 2008

UN LOBO CON PIEL DE CORDERO








J. M. Coetzee

Diario de un mal año

Mondadori (2007)





De entrada, digamos que este no es el mejor libro de Coetzee. Lo que no significa que sea un libro malo o fallido pero sí un texto menor (o marginal, mejor dicho) dentro de su bibliografía. A los libros hay que juzgarlos, es obvio, por lo que son pero también por lo que quisieron llegar a ser. Tengo para mí que con este libro Coetzee no ha logrado cumplir enteramente el propósito que este osado y cómplice lector le atribuye, esto es, hacer pasar por novela (acaso para ampliar su difusión, como una especie de lobo con piel de cordero) mediante un sencillo, y a menudo precario, armazón narrativo lo que no es sino una variada colección de lúcidas y afiladas reflexiones en torno a asuntos de muy diverso calibre -del terrrorismo islámico al aprendizaje de los números, de Los siete samurais a Los hermanos Karamazov, de Ezra Pound a Gabriel García Márquez, de la pedofilia a la gripe aviar, por ejemplo. El desequilibrio entre la enjundiosa parte ensayística (el lobo) y la escuálida parte narrativa (el cordero) es demasiado grande y para mi gusto lastra en buena medida la lectura -a la que tampoco ayuda la disposición gráfica del texto en segmentos independientes dentro de una misma página. No sería exagerado afirmar que, a la manera de las muñecas rusas, Diario de un mal año comprende dos libros: una excelente recopilación de breves ensayos combativos y una ejemplar novela corta -casi una fábula moral.

El argumento es trivial. El señor C, un viejo y achacoso escritor surafricano afincado en Australia (diáfano trasunto del propio Coetzee), es invitado a colaborar en un volumen de ensayos coral que se titulará Opiniones contundentes -¿casualmente? existe una recopilación de entrevistas de Nabokov con el mismo título. Tras un encuentro en la lavandería donde queda fascinado por su belleza, el señor C contrata como mecanógrafa a Anya, una hermosa joven de origen filipino -¿casualmente? en la anterior novela de Coetzee, Hombre lento, una enfermera de similar origen exótico, croata creo, cuidaba de su tullido protagonista. La creciente intimidad entre Anya y el señor C y la turbia relación de la mecanógrafa con Alan, su maquiavélico novio, van perfilando la fisonomía moral de cada uno de los tres personajes de este peculiar triángulo amoroso.

Sería imperdonable no dar cuenta del acusado contraste entre el fraseo fluido y armonioso de los fragmentos ensayísticos incluidos en Diario de un mal año y el habitual estilo lacónico y austero, exento de cualquier adorno, del Coetzee "novelista", contraste que se torna evidente en este libro donde en una misma página se puede leer por un lado:

«Jorge Luis Borges escribió una impasible fábula filosófica, 'Funes el memorioso', sobre un hombre a quien la regla de contar, e incluso las reglas más fundamentales que nos permiten abarcar el mundo mediante el lenguaje, le son sencillamente ajenas. Gracias a un inmenso y solitario esfuerzo intelectual, Funes crea una forma de contar que no es un sistema, una forma de contar que no hace suposiciones sobre lo que viene después de N. Cuando el narrador de Borges lo conoce, Funes ha llegado a lo que las personas corrientes llamarían el numero veinticuatro mil»

Y por otro:

«Eso es lo que define la modernidad. Las grandes cuestiones, las que cuentan, han sido resueltas. Incluso los políticos lo saben en el fondo. La política ya no es el lugar de la acción. La política es un espectáculo secundario. Y tu hombre debería agradecer que sea así, y no mostrarse adusto y hacer un reproche tras otro. Si quiere un política anticuada, donde se organizan golpes de estado, la gente se mata entre sí, no hay seguridad y todo el mundo guarda su dinero bajo la almohada, debería irse a África. Allí estará por completo a sus anchas» pág. 113

Coetzee es sin duda un autor valiente que no rehuye plantear al lector ambiguos dilemas morales, cuestionando sus certezas más arraigadas y así la lectura de sus libros se convierte a menudo en una experiencia tan turbadora como el llanto de un bebé sin consuelo o tan dolorosa como una patada en sálvese las partes -permítaseme la hipérbole. Según Javier Marías cuando le preguntaban a Faulkner quiénes eran los mejores escritores norteamericanos de su tiempo, decía que todos habían fracasado, pero que el mejor fracaso había sido el de Thomas Wolfe (1). Pues bien, convengamos en que el de Coetzee es también un enorme y bello fracaso.

«Hoy me dolía tanto la cadera que no podía caminar, y apenas podía sentarme. Inexorablemente, día tras día, el mecanismo físico se deteriora. En cuanto al aparato mental, estoy siempre ojo avizor en busca de piezas del engranaje rotas, plomos fundidos, esperando contra todo pronóstico que dure más que su anfitrión corpóreo. Todos los viejos se vuelven cartesianos» pag. 199

Finalmente, me gustaría destacar la impecable traducción de Jordi Fibla.



Hasta pronto

(1) Javier Marías, Vidas escritas, Siruela, 1992