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lunes, 1 de junio de 2009

Los perseguidores

Supongo que en Chile existe algún equivalente de lo que en España se conoce por SGAE (Sociedad General de Autores y Editores). Esta entidad se dedica a la gestión de los derechos de autor de sus afiliados; es decir, a recaudar y distribuir los porcentajes que esos derechos les procuran. De un tiempo a esta parte, el celo puesto en el desempeño de esta loable tarea ha convertido a la SGAE en una entidad muy impopular, objeto de todo tipo de contestaciones. La ha convertido, además, en una entidad rica y poderosa, cuyos ingresos en los últimos años se han visto incrementados portentosamente.

La explicación de esto último la tiene el llamado canon compensatorio. Por virtud de éste, hace ya un tiempo que la compra de determinados aparatos y soportes se ve gravada de forma generalizada e indiscriminada con un porcentaje que la SGAE y otras entidades de gestión colectiva cobran de antemano, en previsión del empleo que pueda hacerse de dichos aparatos y soportes (equipos de música y televisores, pero también CD/DVD, memorias portátiles, etc.) para realizar copias privadas de objetos sujetos a la propiedad intelectual, ya se trate de imágenes, películas, canciones, textos...

Son muchos los que consideran que el canon compensatorio vulnera la presunción de inocencia a que tiene derecho todo ciudadano. Desechando escrúpulos de este orden, la SGAE no ha cesado de discurrir todo tipo de mecanismos destinados a controlar y a gravar la transmisión y divulgación de contenidos sujetos a propiedad. De este modo, los enfrentamientos de la SGAE con las asociaciones de consumidores y, sobre todo, de internautas han venido haciéndose cada vez más virulentos, y arrojan un esperpéntico anecdotario en el que se suceden descalificaciones, insultos, querellas criminales y manías persecutorias.

Como muestra, un botón: en 2006, un juez de Alicante autorizó a la SGAE a cobrar por la música que se ponía en las celebraciones de boda y otros eventos de este tipo. Sustentándose en esta sentencia, hace apenas unos meses la SGAE demandó a un salón de bodas de Sevilla por emplear música de sus afiliados sin pagar el canon correspondiente. Como prueba de su denuncia, la SGAE aportó un video de cuatro minutos grabado durante la celebración. Los novios demandaron la SGAE por grabar ese video sin autorización, vulnerando la intimidad del acto, y la entidad fue condenada a pagar 60.000 euros de multa. El caso puso de manifiesto el empleo, por parte de la SGAE, de detectives destinados a probar que en determinadas bodas, bautizos y comuniones se baila al son de canciones “protegidas” por el derecho de propiedad de sus autores.

Más acá de las exaltaciones y de las truculencias a que da lugar este estado de cosas, el traerlo a colación invita a una melancólica consideración acerca del lugar cada vez más paradójico que el artista (o lo que se presuma por tal) ocupa en la sociedad contemporánea.

El caso es que nuestra cultura participa todavía, si bien de un modo cada vez más residual, de una concepción del artista acuñada en el romanticismo, conforme a la cual solía ser visto —el artista en general, ya fuese poeta o pintor, cómico o cantante— como un individuo situado al margen de las convenciones, cuando no enfrentado resueltamente a ellas; un individuo puesto al servicio de un ideal superior, del que a menudo se derivaban actitudes transgresoras, cuando no abiertamente subversivas.

La casi automática identificación entre la vida artística y la bohemia ha sido capaz de resistir durante décadas, hasta hoy mismo, las evidencias flagrantes que tan a menudo la desdicen, y que apuntan, por el contrario, a la domesticación y estandarización de la mayor parte de los artistas, a la consolidación de un star system que ha convertido al artista consagrado en un privilegiado representante del lujo y de la sofisticación, también en un valioso orientador de las tendencias del mercado. En la misma dirección, el arraigado prejuicio que atribuye al artista, por el mero hecho de serlo, posiciones políticamente progresistas y contestatarias, pasa por alto toda suerte de incongruencias, y no cesa de dar pie a las más insospechadas alianzas (para no irse demasiado lejos: ¿puede alguien explicarme, por ejemplo, qué hacía Michelle Bachelet, en el cierre de su campaña presidencial, cogida triunfalmente de la mano de Miguel Bosé? ¿Es que la letra de canciones como “Sevilla”, “Amante bandido” o “Hacer por hacer” promueven los valores de la izquierda chilena?).

Aupados al carro de las subvenciones y de las políticas proteccionistas con que los gobiernos socialdemócratas retribuyen su apoyo (obsérvese, si no, el caso español), autores y artistas han conseguido que la defensa de la “propiedad intelectual”, noción lábil y peliaguda donde las haya, y por medio de la cual la doctrina capitalista coloniza subrepticiamente el ámbito supuestamente libre de la creatividad y de la comunicación humanas, haya pasado a ser, incondicionalmente, una premisa de la izquierda cultural.

No es lugar este de cuestionar los fundamentos jurídicos e incluso éticos que cargan de razón a quienes invocan los sacrosantos derechos de la propiedad intelectual. Baste, de momento, con subrayar un indeseable efecto estético: el que se desprende de ver a los más conspicuos representantes de aquella inconformidad, de aquella insolencia, de aquel espíritu aventurero tradicionalmente asociado a la más común idea del arte y de la vida artística, convertidos en agentes del orden, en furibundos instructores de legislaciones restrictivas y penalizadoras, en vigilantes celosos, en ávidos controladores, en perseguidores.

Puede que, como algunos dicen, esté en juego en todo esto la subsistencia misma de muchos artistas. En cualquier caso, lo que parece quedar fuera de juego —pero quizá ya lo estaba, desde mucho antes— es una determinada concepción del arte y de las relaciones que con él mantenían el artista mismo y la comunidad.

Ignacio Echevarría
El mercurio, 31 de mayo de 2009

miércoles, 25 de marzo de 2009

Cultura periodística

He leído estos días Ana Karenina. Muy al comienzo de la novela, en la presentación que Tolstoi hace de uno de sus personajes —el príncipe Stepan Arkadich, hermano de Ana Karenina—, figura el siguiente pasaje, que cito por extenso, convencido de que el lector lo agradecerá:

“Stepan Arkadich recibía y leía un periódico no demasiado liberal, pero de una orientación que era la de la mayoría. Y a pesar de que, en realidad, no le interesaban ni la ciencia, ni el arte, ni la política, apoyaba con firmeza las opiniones que tanto la mayoría como su periódico profesaban sobre estos temas y sólo las cambiaba cuando la mayoría lo hacía o, mejor dicho, no la cambiaba, sino que ellas mismas se cambiaban en su mente sin que él se apercibiera de ello.

“Stepan Arkadich no había escogido sus ideas u opiniones políticas, sino que unas y otras se le habían venido por sí mismas; como tampoco había escogido la forma de su sombrero o de su levita, sino que adoptaba las que estaban de moda. Y para quien, como él, pertenecía a una esfera social en la que se juzgaba imprescindible saber qué pensar sobre determinadas cosas, tener opiniones era tan indispensable como usar sombrero. Si había un motivo para preferir las ideas liberales a las conservadoras —que muchos miembros de su círculo también sostenían— no era porque creyese que el liberalismo era más racional, sino porque estaba más conforme con su estilo de vida. El Partido Liberal decía que en Rusia todo iba mal, y, en efecto, Stepan Arkadich tenía muchas deudas y, ciertamente, carecía de dinero suficiente. El Partido Liberal mantenía que el matrimonio era una institución trasnochada y que era menester ponerla al día, y, en efecto, la vida de familia procuraba a Stepan Arkadich pocas satisfacciones y lo obligaba a mentir y disimular, lo que repugnaba a su carácter. El Partido Liberal decía, o mejor dicho, daba a entender, que la religión no es más que una rienda para frenar al elemento bárbaro de la población, y, efectivamente, Stepan Arkadich no podía aguantar la más breve función religiosa sin que le doliesen las rodillas, ni podía comprender el porqué de esas palabras terribles y altisonantes acerca del otro mundo, cuando era tan divertido vivir en éste [...] Así, pues, el liberalismo había llegado a ser un hábito para Stepan Arkadich, a quien su periódico le gustaba por el mismo motivo que su cigarro después de la comida, a saber, por la ligera neblina que le creaba en la cabeza”.

Sorprende, siglo y medio después de haber sido hecha, la vigencia de esta perspicacísima observación. Costaría encontrar una mejor descripción del tipo de relación que, hoy como entonces, mantienen muchos lectores con el periódico del que son más o menos asiduos.

La observación resulta especialmente pertinente en estos tiempos en que por todas partes se oye hablar de la supuesta decadencia de la prensa escrita, de su inminente desbancamiento por la prensa digital. Sin entrar aquí en aburridas especulaciones, lo cierto es que el diario impreso constituye un soporte difícilmente sustituible en cuanto objeto no sólo de consumo, sino que también de identificación y de ostentación, provisto de una marca que permite atribuir a su dueño o usuario determinadas connotaciones socioculturales mucho antes que ideológicas.

El pasaje citado explica muy bien de qué modo ejerce su influencia un periódico consolidado, ya no digamos si hegemónico, como es el caso de este mismo en que se publica este artículo. Se trata de algo extraordinariamente sutil, que no pasa por el adoctrinamiento más o menos tácito ni por la manipulación, o no solamente. Se trata más bien de una comunión de intereses de toda especie que el periódico en cuestión contribuye a catalizar y a transmitir convertida en eso tan inasible que se llama opinión pública y que no sólo incide sobre las ideas políticas, sino que también sobre el gusto, los hábitos, las actitudes.

Es en este sentido en el que cabe hablar del periódico mismo como un hecho cultural, que configura la sensibilidad del lector y lo hace receptivo a determinadas opciones no sólo éticas, sino también estéticas, sin que sea posible distinguir del todo a cuál de ellas pertenece la elección de su sombrero o de la levita que lleva puesta.
Ignacio Echevarría
El Mercurio, 15 de marzo de 2009

domingo, 21 de septiembre de 2008

Puritanismo y democracia

Monumento nacional de la literatura de Estados Unidos, Moby Dick invita, más que nunca, a ser leída como epopeya trágica de Norteamérica, de su expansionismo depredador, de sus pretensiones evangelizadoras, de su fanático empeño liberador.

Moby Dick, de Herman Melville, es sin duda una novela extraordinaria. Cuanto más se la frecuenta, más crece -en lugar de diluirse- el sentimiento de extrañeza que despierta este libro descomunal, grandioso y extravagante, en el transcurso de cuya lectura se va haciendo palpable el delirio visionario al que su autor fue sucumbiendo a medida que lo escribía, en enfebrecidas jornadas que apenas interrumpía para comer o atender asuntos domésticos.

La canonización de Moby Dick como la Gran Novela Norteamericana se produjo, como es sabido, tardíamente, por los años veinte del pasado siglo, y se produjo de la mano de Raymond Weaver, quien acertó a rescatarla del olvido cuando Estados Unidos, recién afirmada su hegemonía como potencia mundial a consecuencia de la Gran Guerra, se hallaba en las mejores condiciones para ensalzar como gloria nacional una epopeya que -según observara agudamente José María Valverde al frente de la excelente traducción que hizo del libro- lleva hasta el extremo el predestinacionismo puritano, de influencia tan determinante en la consolidación de la conciencia patriótica de EE.UU.

En la actualidad, la genialidad de Moby Dick queda enaltecida por el mérito que supone, en estos tiempos de catastrofismo ecológico, conquistar la admiración del lector hacia lo que no deja de constituir, entre muchas otras cosas, una minuciosa y encendida apología de la masacre de ballenas; y, lo que es todavía peor, una exaltación del barco ballenero como agente fundamental de la "evangelización" democrática del planeta entero.

A la recalcitrante vanidad metropolitana del castellano viejo le escandaliza leer, ya bien entrada la novela, una afirmación de este fuste, relativa a las antiguas colonias de Hispanoamérica: "Fue el ballenero quien primero irrumpió a través de la celosa política de la corona española, tocando en esas colonias; y si lo permitiera el espacio, se podría demostrar detalladamente cómo gracias a esos balleneros tuvo lugar por fin la liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, estableciéndose la eterna democracia en esas partes" (capítulo XXIV).

Vaya por dónde.

Pero estas y otras no menos peregrinas y sugerentes hipótesis deben encuadrarse, como ya se ha apuntado, en el marco de la ideología puritana, acerca de la cual nunca se destacará con énfasis bastante cómo fecundó la concepción de la democracia americana y su celo expansionista, que bebe mucho antes en los profetas del Antiguo Testamento y en Calvino que en Grecia y la Ilustración.

Por detestables que puedan parecerle los hombres "en cuanto sociedades anónimas y naciones", a los ojos el narrador de Moby Dick prevalece inalienable la dignidad del individuo aislado, que no precisa de ropajes ni de mantos, por cuanto "es esa dignidad democrática que, en todas las manos, irradia sin fin desde Dios, desde Él mismo, el gran Dios absoluto, el centro y circunferencia de toda democracia" (capítulo XXVI).

Esa sustancial igualdad de los hombres, subyacente -y, por demás, indiferente- a las jerarquías de poder y a las desigualdades de riqueza, es la que, conforme a sus propias palabras, autoriza al narrador de Moby Dick a atribuir "cualidades elevadas, aunque oscuras, a los más bajos marineros, renegados y proscritos". Previniendo las censuras de que ha de hacerse objeto por proceder así, el narrador de Moby Dick no duda en invocar el sostén del "Espíritu de la Igualdad", del "Gran Dios Democrático", de quien dice que ha extendido "un único manto real de humanidad sobre toda mi especie".

Esta asociación entre Dios y democracia permanece profundamente arraigada en la Norteamérica de hoy y, exacerbada por los intereses neocolonialistas, contribuye a explicar muchos de sus comportamientos. Desde este punto de vista, el afán democratizador de Estados Unidos se revela en una especie de yihad judeocristiana y capitalista. Este democratismo teocrático da lugar a su propio fundamentalismo; y da cuerpo y justificación al imperialismo.

Es propio de los clásicos generar incesantes interpretaciones y, a través de los tiempos, constituirse sin solución de continuidad en prefiguración o metáfora del presente. Esta condición se cumple abrumadoramente en el caso de Moby Dick, monumento nacional de la literatura de Estados Unidos que, en la perspectiva de la actualidad mundial, invita, más que nunca, a ser leída como epopeya trágica de Norteamérica, de su expansionismo depredador, de sus pretensiones evangelizadoras, de su fanático empeño liberador. El trasnochado heroísmo de los balleneros vagabundos por todos los océanos resulta perfectamente trasladable al de los amenazantes buques de guerra que patrullan por todo el planeta, al mando de un capitán sospechosamente empeñado en aniquilar a la ballena blanca, cifra de todo mal (aparte de precioso botín al que arrancar pingües beneficios).

El poderoso y escurridizo simbolismo de Moby Dick ampara toda suerte de lecturas, en todos los niveles del texto. A comienzos del siglo XXI, la que se impone más directamente -aunque más superficialmente, también- es la que reconoce en la ballena blanca una convincente metáfora de Al Qaeda, fantasmal y ubicuo paradigma de toda malignidad, y en el capitán Ahab una favorecedora y cojeante versión de George Bush y sus meteduras de pata, empeñado en vengar con el petróleo de la ballena la mordedura que ésta le infligió, dándole igual si para ello lleva a toda la tripulación hasta el mismísimo infierno.

Ignacio Echevarría
El mercurio, 21 de septiembre de 2008

domingo, 15 de junio de 2008

El crítico como "disc-jockey"

Convertida ella misma en una ideología, la democracia va siendo parasitada por el mercado, que adopta sus estrategias y su lenguaje. Las películas se anuncian proclamando el número de espectadores que las han visto, y los editores se apresuran a reeditar las novedades de éxito con una faja en la que se consigna el número de ejemplares vendidos.

No sé en Chile, pero en España, de un tiempo a esta parte, los periódicos se muestran cada vez más aficionados a proponer y publicar encuestas de opinión. La tendencia es ilustrar toda suerte de noticias acompañándolas de una valoración -un porcentaje, en realidad- obtenida a partir de las respuestas de los lectores a las más variadas preguntas. En los informativos de televisión hace ya mucho que se vienen empleando los sondeos callejeros con fines parecidos. Pero la prensa gratuita y los periódicos virtuales van extremando esta tendencia, que con frecuencia incurre en extremos ridículos. Pues no sólo se recaba el juicio de los lectores sobre hechos ocurridos, sino que se les pide también que expresen desinhibidamente sus simpatías y sus manías, y que ejerciten sus dotes adivinatorias acerca de asuntos que escapan a todo análisis ("¿Cree usted que Rafael Nadal ganará este año la final de Wimbledon?").

Se transmite así la impresión de que los lectores intervienen tanto en la valoración de la actualidad como en su construcción. Se invoca con insistencia el principio de interacción, y se fomenta con énfasis una mentalidad plebiscitaria de efectos muy poco saludables, dado que refuerza, por un lado, el sentimiento de que todo es opinable, sin importar el fundamento con que se sustenta la opinión en cada caso, y mueve a pensar, por otro lado, que la razón se decanta por el lado de la mayoría, como si los de verdad u objetividad fuesen conceptos estadísticos.

Convertida ella misma en una ideología, la democracia va siendo parasitada por el mercado, que adopta sus estrategias y su lenguaje. Se diría que nadie puede tomarse en serio los resultados de una encuesta respondida voluntariamente por un determinado perfil de ciudadanos que sienten la compulsión de expresarse por cualquier motivo, a propósito de lo que sea. Se diría que a nadie se le oculta lo improcedente que es derivar un juicio cualitativo de un índice cuantitativo. Y, sin embargo, las películas se anuncian proclamando el número de espectadores que las han visto, y los editores se apresuran a reeditar las novedades de éxito con una faja en la que se consignan -a menudo con engaño- el número de ejemplares vendidos.

El mismo día que escribo este artículo, en la página de inicio del diario digital más leído de España se hace la siguiente pregunta: "¿De qué te gustaría que tratase el próximo libro de Ken Follett?". Y se explicita, a continuación: "De entre todas las ideas recibidas se seleccionarán las cinco mejores según criterios de ocurrencia y originalidad. Las ideas ganadoras serán remitidas a Ken Follet, quien firmará y dedicará su libro a cada uno de los cinco ganadores".

¿Patraña publicitaria o estrategia de marketing dirigida a fidelizar a los usuarios del diario? Cualquiera sabe. Pero entretanto, el viejo eslogan de que es el público el que tiene la última palabra (¡y la primera, oiga!) ha ido calando cada vez más hondo en la mente de los agentes culturales, a quienes cuesta cada día más distinguir de los agentes comerciales.

La reciente publicación en España de la última novela de Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel, ha sido tratada por la prensa cultural como un auténtico acontecimiento. A bombo y platillo se anunció que la primera tirada de una novela de un autor español alcanzaba la cifra record de un millón de ejemplares. Cuando a los pocos días aparecieron las reseñas del libro se tuvo ocasión de asistir a un espectáculo penoso que, sin embargo, es cada vez más frecuente: el del crítico temeroso del público al que se dirige, intimidado por la abrumadora legión de los lectores, acobardado por el aparato propagandístico puesto en marcha por publicitarios y periodistas, unos y otros compitiendo en su afán sensacionalista, dando por sentado que tan elevado número de consumidores no se pueden equivocar.

Hace cuarenta años, el escritor alemán Reinhard Baumgart hizo públicas una serie de provocadoras propuestas destinadas a vapulear a la crítica de su país. La más sensacional de todas ellas consistía en postular, para el reseñista de los diarios, un papel semejante al de disc-jockey en una pista de baile. Atrás va quedando, cada vez más desprestigiado -decía Baumgart-, el crítico investido de autoridad, ya sea la autoridad del académico, del policía, del aduanero o del agente de tráfico. Éste formulaba sus juicios desde el supuesto de que el público al que se dirigía estaba necesitado de orientación y de recomendaciones, cuando no directamente de instrucción. Pero entretanto, la inflación plebiscitaria ha abonado entre los lectores la convicción de ser ellos mismos peritos tan aptos como cualquiera para calibrar los méritos de un libro. Basta ver lo que ocurre muy patentemente con el fútbol o con el cine. Así las cosas, el crítico tiende a actuar como una especie de delegado de ese cuerpo general de peritos que constituye su público, ni más ni menos que como actúa un disc-jockey. El éxito de éste, como el del nuevo crítico, depende de su capacidad de sintonizar con los ocupantes de la pista, cuyas apetencias, cuyos gustos, cuyo grado de excitación o de embriaguez le corresponde a él adivinar, estimular y acompasar.

El suyo sí que es el juego del ángel. Y se juega a las puertas del Edén al que acudimos todos para bailar la misma música.

Ignacio Echevarría
El Mercurio, 15 de junio de 2008


lunes, 5 de mayo de 2008

Marcelo Lillo y el hielo

Escribo esto a las pocas horas de haber recibido 'El fumador y otros cuentos', de Marcelo Lillo, recién publicado en Madrid. Es el primero de sus libros que ve la luz

Visité por primera vez Chile como jurado del veterano concurso de cuentos de la revista Paula, en su edición de 1999. Conocía a Carolina Díaz, redactora de la revista, y ella fue quien me enroló, poco después de que los dos hubiéramos conspirado, el año anterior, para convencer a Roberto Bolaño de ser jurado del concurso, motivo por el que, en 1998, Bolaño viajó a Chile por primera vez en veinticinco años.

Aquel año de 1999 fue premiado por unanimidad un relato que destacaba poderosamente entre todos los presentados: se titulaba "Hielo", y su autor era Marcelo Lillo, desconocido de todos. Por entonces Lillo, nacido en 1958, vivía, si no recuerdo mal, en Valdivia, donde era profesor. Desde allí viajó a Santiago para recibir el premio, que suele entregarse con alguna ceremonia. Fue aquella la única vez que lo he visto. Tenía un aspecto taciturno, y venía acompañado por una hermosa muchachita bastante más joven que él y que resultó ser su mujer. En la cena que siguió a la entrega del premio, ya en un ambiente más distendido, Lillo nos contó a quienes lo rodeábamos la romántica historia de su amor por esa muchachita, lectora al parecer voracísima, cuya familia, creo recordar, se oponía a su relación con Lillo. Escribo esto acudiendo únicamente a mi mala memoria, capaz de confundirlo todo. Espero no equivocarme mucho. Lillo nos contó también que acababa de destruir casi todo lo que llevaba escrito hasta entonces, y que ese cuento sorprendente, "Hielo", pertenecía a los comienzos de la que para él suponía una nueva etapa como narrador. Como narrador inédito y semiclandestino, todo sea dicho.

En la cena a la que me estoy refiriendo estaba presente Rafael Gumucio, a quien tanto Lillo como yo acabábamos de conocer. Gumucio, que se sentó cerca de nosotros, tuvo una de sus noches espectaculares, inspiradas, divertidísimas. Recuerdo bien la admiración y la gratitud con que Lillo, a la hora de despedirse, enfatizaba lo mucho que se había reído y lo bien que se lo había pasado.

A continuación transcurrieron varios años en blanco. Yo le había pedido a Lillo que no dejara de enviarme nuevas cosas que escribiera, pero sospecho que ni él ni yo conservamos las señas que probablemente intercambiamos. Alguna vez, en nuestros esporádicos encuentros, Carolina y yo especulábamos sobre cuál habría sido su suerte. De vez en cuando, ella alcanzaba a tener noticia de Lillo a través de la prensa de regiones, en la que aparecía su nombre como ganador o finalista de algún concurso de cuentos de provincia. ¿Se acuerdan ustedes de aquel cuento de Bolaño, "Sensini", que encabeza sus Llamadas telefónicas? El de Lillo parecía un destino parejo al de tantos personajes de Bolaño, escritores fantasmales cuya vida discurre entre el fracaso y el olvido.

Hasta que de pronto, hace apenas dos años, Carolina me escribió de improviso para decirme que había recuperado la pista de Lillo. Al parecer, éste había concursado de nuevo en el premio Paula, de nuevo con un relato excepcional -"La felicidad", se titulaba-, que ni siquiera quedó entre los finalistas de aquella convocatoria. Carolina tuvo el presentimiento de que se trataba del mismo autor de "Hielo", y antes de destruir el manuscrito se decidió a ponerse en contacto con él. Era Marcelo Lillo, en efecto.

Costó mucho hablar con él. Vivía ahora -sigue viviendo, remoto y austero, en espléndido aislamiento, al lado aún de su hermosa mujercita, con la sola compañía de un perro- en Niebla, localidad costera junto a la desembocadura del río Valdivia. No tenía -sigue sin tener- correo electrónico, y había que escribirle a Valdivia, a un apartado postal. Su laconismo al teléfono (un móvil) no ponía las cosas fáciles. Así y todo, Carolina consiguió que le mandara una copia del cuento, a la que venía adjunta una carta estremecedora: una crónica -familiar, en el fondo- de la soledad, de los pasos en falso, de los ninguneos en que se resuelven las trayectorias de tantos escritores alejados de los circuitos literarios y de los centros del poder editorial.

El cuento llegó por fin a mis manos y era, en verdad, excepcional. Esta vez fui yo quien llamé a Lillo para pedirle que me mandara más cosas, de ser posible tan buenas como "Hielo" y "La felicidad". No tardó en hacerlo. A las pocas semanas recibí una carpeta con nueve cuentos de parecido tenor, la mayor parte de ellos impecables, implacables también: duros, lacónicos, rotundos, en la huella de la mejor cuentística norteamericana. Le prometí a Lillo que le buscaría un editor. No me resultó difícil encontrarlo: mi buen amigo Constantino Bértolo compartió mi juicio sobre esos cuentos y propuso a Lillo su publicación. Los vientos empezaban a soplar favorables para Lillo. A los pocos días se enteró de que había ganado un premio de literatura juvenil con una novelita titulada La vida casi inventada, todavía inédita. A los pocos meses obtuvo, siempre en Chile, el premio a la Mejor Obra Inédita del 2007 otorgado por el Consejo Nacional del Libro, esta vez concedido a su colección de cuentos titulada Cachorro y otros cuentos, que al menos dos editoriales chilenas se han brindado a publicar.

Escribo esto a las pocas horas de haber recibido El fumador y otros cuentos, de Marcelo Lillo, recién publicado en Madrid por la editorial Caballo de Troya, que lo distribuirá también en Chile. Es el primero de sus libros que ve la luz. Por enero, Lillo me escribía que era rara la sensación de publicar este año, en que él cumple los cincuenta. "Por estos lugares los cincuentones están meciendo nietos. Siento una mezcla de emoción, ansiedad, pero también seguridad. Esto último me lo da el hecho de no tener que arrepentirme de nada".

En la tapa de El fumador y otros cuentos el editor escribe: "Están asistiendo al nacimiento de un gran autor. Éste es su primer libro. No será el último". Y no lo será, sin duda alguna. Lillo tiene escritas al menos un par de novelas y ultimada ya una nueva colección de cuentos. Los últimos meses los ha pasado leyendo a Flannery O'Connor y a John Cheever, entre otros. Después de la prolongada sequía del verano, en Niebla, vaciada de turistas, han caído ya las primeras lluvias, reverdeciendo los páramos. Quedan por delante largos meses de viento y de neblina, que Lillo enfrenta con buen humor, algunas botellas almacenadas y excelente apetito. En sus novelas rezuma Lillo una contagiosa cordialidad, una derrochadora bonhomía. En sus cuentos, sin embargo, predomina el ademán gélido y golpeador: son cuentos brutalmente invernales, que parecen acatar ese mandato de Kafka conforme al cual los libros deberían ser como hachas, capaces de romper el mar helado que todos llevamos dentro.

Ignacio Echevarría

El Mercurio, 04 de mayo de 2008

domingo, 13 de abril de 2008

El crítico pope

Si bien favorece la emergencia de nuevas voces y puntos de vistas, la desaparición de esta figura hegemónica constituye, según el crítico español, "un indicio inequívoco de la merma de la crítica, de su función cada vez más problemática".

Semanas atrás se celebró en Buenos Aires un encuentro sobre crítica y medios de comunicación. Al encuentro, coordinado por el escritor y agitador cultural Rodolfo Fogwill, bien conocido por estos pagos, asistieron varios críticos y periodistas chilenos. Entre ellos Álvaro Matus y Pedro Pablo Guerrero, quienes, con perspectivas concéntricas, abordaron un asunto -el del crítico pope, es decir, aquel que desempeña un papel hegemónico dentro de un determinado sistema literario- que sin duda concierne muy especialmente a Chile, pero que tiene que ver, más generalmente, con la función tradicional que hasta hace bien poco ha solido corresponder al crítico cabal, entendiendo por tal aquel que, más allá del comentario sucesivo de los libros que caen en sus manos, aspira a ordenar la visión que alcanza a tener de la literatura de su tiempo y a influir en la recepción que ésta obtiene.

No solamente la pluralidad de los medios de comunicación, sino también su sometimiento generalizado a las consignas de la industria cultural y el desmantelamiento correspondiente de toda tribuna de autoridad susceptible de interferir en las tendenciosas dinámicas del mercado han terminado por extinguir, dentro y fuera de Chile, esta especie de crítico, cuya sola evocación no deja de suscitar toda suerte de aprensiones y de ironías. En esta misma columna se evocaba hace unos semanas la caricatura que se hacía de él en la figura de Anton Ego, el crítico gastronómico que tanto protagonismo acapara en la película de animación Ratatouille (Disney&Pixar). Pero cualquiera conserva en su mente modelos aún más plausibles de crítico pope brindados por el cine, como ese Edison Dewit (George Sanders), crítico teatral que narraba la historia de Margo Channing (Bette Davis) en Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz (1950). Se trata, por lo general, de figuras que oscilan entre la antipatía, la arrogancia, la fatuidad y el cinismo, y ello aun si, por las razones que sea, resultan, pese a todo, atractivas o intimidantes.

Por lo que a Chile toca, la figura del crítico pope ha presentado características muy peculiares, debido tanto a la concentración de la prensa de este país en muy pocas manos como a la circunstancia, no del todo casual, de que dos de los críticos que en el transcurso del último siglo han ostentado una hegemonía más perentoria -Omer Emeth e Ignacio Valente, los dos desde las páginas de El Mercurio- pertenecieran al clero católico. En sus charlas de Buenos Aires, Matus daba cumplida y razonada noticia de este dato realmente insólito, mientras Guerrero abordaba específicamente el caso de Ignacio Valente, cuyo puesto ha encontrado sin duda quien lo ocupe (Camilo Marks, en la actualidad), pero cuya posición nadie ha heredado en realidad, debido más que nada a que, dadas las circunstancias, esa posición ha dejado de ser posible.

Esta última consideración -la de que ya no hay lugar para un crítico pope, ni en Chile ni fuera de Chile- suele hacerse con satisfacción y alivio, en cuanto parece apuntar a una democratización del criterio cultural y a un socavamiento de las siempre incordiantes posiciones preponderantes. No cabe duda de que, dadas las circunstancias, en efecto, al crítico sólo le cabe el papel de francotirador más o menos emboscado en el espeso bosque del periodismo cultural y de la publicidad explícita o camuflada. No cabe duda de que la descentralización de la crítica favorece la emergencia y desarrollo de puntos de vista alternativos o inusuales (como fueron, desde Las Últimas Noticias, la críticas de Alejandro Zambra, o como vienen siendo, desde The Clinic, las de Mao Tse Tung). Nadie supone ya, por otra parte, que un crítico pueda dar cuenta él solo de la vastísima producción editorial, por muy ceñido y supuestamente representativo que sea su criterio seleccionador.

Pese a lo cual, hay que admitir que la extinción del crítico pope constituye un indicio inequívoco de la merma de la crítica, de su función cada vez más problemática. Pues se trataba, en definitiva, de una figura de enorme utilidad, tanto para los lectores como para los escritores, que se servían de ella para orientarse o construirse, ya fuera por afinidad o por antagonismo, una y otro contrastados a lo largo de una relación que se prolongaba en el tiempo y que entrañaba un caudal compartido de lecturas. Y que entrañaba, no tanto el acatamiento de una presunta autoridad (siempre susceptible de ser impugnada), como el reconocimiento de una comunidad (la que esa autoridad interpelaba, una comunidad construida por lecturas e intereses compartidos) capaz de sostener, a través de ella, una discusión no distorsionada directamente por los eslóganes comerciales y las cifras de ventas.

Dadas las circunstancias, al crítico sólo le cabe el papel de francotirador más o menos emboscado en el espeso bosque del periodismo cultural y de la publicidad explícita o camuflada.

Ignacio Echevarría

El Mercurio, 13 de abril de 2008

domingo, 17 de febrero de 2008

Anton Ego

Las declaraciones del crítico gastronómico de la película "Ratatouille" evidencian una sutil comprensión del oficio crítico


No deja de tener chiste que haya de ser en una película de animación -una superproducción de Disney & Pixar, para colmo- donde uno se tope con la única reflexión pública de cierta amplitud y calado que, de un tiempo a esta parte, se lleva hecha en torno al siempre ingrato asunto de la crítica.

"Ratatouille" (2007), título bajo el que se presentan las aventuras trepidantes de una rata dotada de un extraordinario talento culinario, cuenta entre sus protagonistas a Anton Ego, un eminente crítico gastronómico cuyos juicios severísimos deciden la fortuna de los más afamados restaurantes de París.

Los trazos con que está caracterizado Anton Ego asumen bastantes lugares comunes acerca de los críticos. Anton Ego es un tipo agrio y de aspecto funerario, completamente envanecido de sí mismo. Trabaja en una tenebrosa habitación con planta de ataúd, presidida por un gigantesco retrato de su propia figura. En su mesa de despacho, al alcance de la mano, conserva minuciosamente archivadas todas sus críticas, que se apresura a consultar toda vez que tiene que ratificar cualquiera de sus juicios.

Anton Ego parece ser un hombre acaudalado, pero este rasgo incongruente no queda asociado, en la película, a ningún asomo de venalidad. Todo lo contrario: alejándose del tópico más frecuente que pesa sobre los críticos, Anton Ego se revela incorruptible. De ahí, quizá, su enorme prestigio. Y su influencia terminante. En cuanto al físico, Anton Ego es lo opuesto al célebre chef Gusteau, tipo orondo y risueño a cuyo prematuro fallecimiento Anton Ego contribuyó con una crítica demoledora. Él es larguirucho, macilento; se lo ve mustio y encorvado.

"Usted está demasiado flaco para que le guste la comida", le objeta a Anton Ego el joven chef Linguini, amedrentado por el aspecto patibulario del crítico que lo amenaza con acudir a su restaurante."Es que a mí no me gusta la comida", le responde Anton Ego: "Me apasiona. Y si no me apasiona, no la trago".

Esta respuesta del crítico manifiesta una sutil comprensión del oficio por parte de los guionistas de la película. Pues no se trata, como pretende el tópico, de que el crítico sea un tipo bilioso, incapaz de disfrutar comiendo (o leyendo, o viendo cine), y por lo mismo un resentido. Se trata -pero estamos hablando de Anton Ego, que conste- de una pasión, y de las exigencias de esa pasión, y del escrupuloso, implacable conocimiento a que conduce.

A Anton Ego le está confiada, en Ratatouille, la gran sorpresa final de la película. En el antiguo restaurante de Gusteau, que el joven Linguini ha heredado, éste se ve obligado a confesar que es una rata la que le dicta sus portentosas recetas. Incrédulos, indignados, los cocineros ayudantes a quienes va destinada esta confesión abandonan el restaurante. Linguini se enfrenta él solo al reto de cocinar para Anton Ego, que precisamente esa noche ha acudido a su restaurante. No corresponde decir aquí cómo consigue salir del apuro. El caso es que Anton Ego termina su plato, pregunta por el chef, y escucha, impávido, la insospechable revelación acerca de su genio. A continuación se va sin decir palabra.

El día siguiente se publica la crítica de Anton Ego. Se trata de un auténtico manifiesto, que de nuevo pone de relieve -entre la maraña de tópicos a los que no dejan de recurrir- una insospechable comprensión, por parte de los guionistas de Ratatouille, de los resortes que sustentan el oficio del crítico. Empieza diciendo Anton Ego: "En muchos sentidos, el trabajo de un crítico es fácil. Arriesgamos poco, porque gozamos de una posición que está por encima de quienes exponen su trabajo y a sí mismos a nuestro criterio. Nos regodeamos en las críticas negativas, que son divertidas de escribir y de leer. Pero el hecho más amargo que debemos afrontar los críticos es que, a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene probablemente más sentido que la crítica en la que lo tachamos de basura. Hay veces, sin embargo, en las que un crítico realmente se arriesga en pro del descubrimiento y de la defensa de algo nuevo. El mundo es hostil para los nuevos talentos y las nuevas creaciones. Lo nuevo necesita amigos"...

Habría mucho que decir en torno a estas palabras, más agudas de lo que a primera vista pueda parecer. Aquí sólo hay lugar para subrayar su mensaje esencial: en contra de lo que se suele pensar, la crítica -tan a menudo tachada de conservadora, de negativa, de hostil a su propio medio- está ligada a lo nuevo, al descubrimiento y a la defensa de lo nuevo. Esta es su misión más alta y valedera. La supuesta negatividad de la crítica está asociada a ese compromiso con lo nuevo, que la obliga -por decirlo ahora con palabras de Robert Musil- a "no autorizar la repetición de lo mismo si no es con un nuevo sentido", a segregar lo verdaderamente nuevo del magma indistinto de lo último.

El buen crítico, así, tendría algo de adivino. O más bien de profeta. Detecta antes que otros lo que está por venir, lo que está ocurriendo ya sin que nadie se dé cuenta todavía. Y lo acepta.

Que el plato que acaba de comer lo ha cocinado una rata, por ejemplo.


Ignacio Echevarría
El Mercurio, 17 de febrero de 2008


(Desde hoy reproduciré la columna del crítico literario Ignacio Echevarría que se publica con una periodicidad aproximadamente mensual en el diario chileno El Mercurio)