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martes, 31 de marzo de 2009

ASTURIAS PATRIA QUERIDA









Hugh Thomas

Carta de Asturias

Editorial Gadir, 2006







La primera frase de un libro, si es brillante, suele convertirse en una losa demasiado pesada de levantar para el escritor. Carta de Asturias comienza de forma memorable: "Asturias, en el norte de España, tiene forma de mariposa". El resto es otra historia muy diferente.

De la lectura de este libro se pueden extraer varias conclusiones. En primer lugar, que Hugh Thomas -un reconocido hispanista de origen galés, autor de una pionera y célebre historia de la gerra civil española, publicada en 1961- no es un brillante estilista. Carta de Asturias está escrito en un estilo anodino, desaliñado, y el lector tiene a menudo la impresión de tenérselas que ver con una especie de guía michelín. Lo que en un libro de historia quizá pueda considerarse adecuado para cubrir el expediente (una prosa funcionarial), en uno de viajes, publicado además por una editorial digamos literaria, no alcanza de ninguna manera a satisfacer las expectativas.

En segundo lugar, que resulta inequívoca la deriva que con el tiempo ha tomado el pensamiento del historiador británico -reconocida por el propio Thomas en una entrevista concedida al diario El País: 'Soy equilibrado en mis juicios, pero ahora soy más conservador que en los años sesenta'. La primera parte de esta aseveración se desmiente primero en este libro con expresiones como "el extraordinario general Queipo de Llano" (individuo cuyo mayor mérito militar fue la salvaje represión que ordenó en Sevilla contra la indefensa población civil -'Id preparando sepulturas'- y responsable último del asesinato de García Lorca -'Dadle cafe, mucho cafe') y más tarde se vuelve triste falacia en el capítulo "La guerra civil en Asturias" donde Hugh Thomas haciendo gala de un disparatado revisionismo histórico tilda a los republicanos de "fuerzas revolucionarias" e incluso de "exaltados revolucionarios" (¿?) mientras que el ejército nacional se dedica a "liberar" Oviedo o "rescatar" Covadonga (¡!). Un poco más tarde el hispanista galés intenta justificar de forma patética el brutal exterminio llevado a cabo por el ejército nacional tras la guerra civil. Para rematar la faena el traductor convierte a los nacionales en "nacionalistas" (lo que no deja de tener su retranca).

Más allá de cuestiones estilísticas e ideológicas (pero ¿se pueden dejar aparte?) el libro, primorosamente editado por Gadir, contiene una generosa muestra de bellas fotografías de Asturias y una apasionada vindicación del gran Jovellanos, y podrá ser útil tanto al lector curioso como al viajero concienzudo pues proporciona valiosa información sobre buena parte de los monumentos e iglesias del Principado. Sin embargo -imperdonable olvido- Hugh Thomas no hace mención alguna al bellísimo parque natural de Somiedo.

BREVE NOTA AUTOBIOGRÁFICA

A pesar de lo mucho objetado a Carta de Asturias tengo que reconocer que su lectura me ha emocionado profundamente pues no en vano tengo ascendencia asturiana (mi padre y mi madre nacieron en sendos pueblecitos pertenecientes al concejo o municipio de Cangas de Narcea) y buena parte de los veranos de mi infancia y adolescencia los he pasado allí. Muchos de los lugares citados por Hugh Thomas me traen a la memoria gratísimos recuerdos -Luarca, Castropol, Ribadesella, Llanes, Leitariegos- y de mi propia cosecha puedo aportar alguno más: Morzó (el pueblo de mi madre), Villategil, Puenteciella, Bimeda, Fondos de Villa. Esta reseña se escribió teniendo muy presente a toda mi familia asturiana, a los que ya no están -mis abuelos Adela y Francisco, María y Amador, mi tío Luis, la querida tía Carmen y también al bueno de José de Sildo- y a los que allí continuan: mis tíos Claudio e Isolina, mis primos Paco, Bea y Luisma. Y por supuesto a mis padres.


Hasta pronto

lunes, 21 de abril de 2008

EL FRANCOTIRADOR








Raymond Williams

Solos en la ciudad

Debate, 1997







Tal y como promete el subtítulo del libro, y el autor mismo explicita en la advertencia preliminar, este libro recopila "una serie de conferencias acerca de la novela inglesa desde Charles Dickens hasta D. H. Lawrence, que he ofrecido en los últimos siete años en la English Faculty de Cambridge". Raymond Williams se atreve incluso a poner fecha concreta al tumultuoso periodo que examina: de 1846 (año del inicio de la publicación por entregas de la "radicalmente innovadora" Dombey e hijo) a 1928 (año de publicación de El amante de Lady Chatterley), y en el intervalo se publica la obra de, ahí es nada, Charlotte y Emily Brontë, George Eliot, Thomas Hardy y Joseph Conrad. Solos en la ciudad propone un estimulante análisis de la novela anglosajona de la época -mediante fértiles glosas de los autores citados-, ante el problemático paso del campo a la ciudad que supuso la revolución industrial. Ya desde las primeras páginas, el autor no deja de llamar la atención acerca de los temas que orientan la intención rectora del libro:

"En qué consiste una comunidad, qué ha sido, en qué puede convertirse: cómo se vincula con los individuos y sus relaciones; cómo los hombres y las mujeres, directamente comprometidos, se ven a ellos mismos o van más allá de ellos mismos. Cómo dibujan, a veces a favor, pero con más frecuencia en contra de sus propias figuras, la forma de una sociedad" pag. 12

Siguiendo al pie de la letra los preceptos de la novela victoriana, para Jane Austen "los vecinos no son las personas que literalmente viven más cerca. Son aquellas que viven un poco más lejos pero a las que, en acto de reconocimiento social, se puede visitar". Un formidable salto cualitativo se produce a partir de Charles Dickens (1812-1870), que provoca una ruptura dentro de la historia de la novela no tanto porque otorgue por vez primera carta de naturaleza a los "humillados y ofendidos", sino porque en sus ficciones crea una nueva conciencia de "relaciones desconocidas e inadvertidas, conexiones profundas y decisivas, reconocimientos definidos (...) Se trata de vinculaciones reales e inevitables, de los necesarios reconocimientos y confesiones de cualquier sociedad humana, aunque se vean oscurecidas, complicadas y enmascaradas por la prisa, el ruido y lo variopinto de este orden social nuevo y complejo" pag. 37.

A continuación, Williams analiza brevemente la obra de las hermanas Brontë, donde las referencias a la crisis social se han visto a menudo ensombrecidas -sobre todo en Cumbres borrascosas (1847)- por una exhibición de la pasión amorosa, no en vano respecto a esta última se asegura que "no existe novela en la literatura inglesa que contenga tal intensidad y dimensión en los sentimientos". De George Eliot (1819-1880), pseudónimo de Mary Ann Evans y autora de obras maestras como El molino junto al Floss (1860) y Middlemarch (1872), se destaca la tensión surgida por la actitud insumisa de sus personajes entre "una idea de responsabilidad y coraje para la vida" y la realidad de un mundo "limitado y frustrante"

En cuanto a Thomas Hardy (1840-1928), que publicó entre otras Lejos del mundanal ruido (1874), El alcalde de Casterbridge (1886) y Jude el oscuro (1895) antes de dedicarse por completo a la poesía, se revela su verdadera personalidad, esto es, un "observador educado y participante apasionado en un periodo de cambio radical y general" y al tiempo "Hardy consiguió poner en el centro de sus novelas el proceso corriente de la vida y el trabajo. A pesar de su posición de observador cultivado, todavía toma la acción novelística de la vida ordinaria de sus compatriotas. El trabajo está presente en sus obras más decisivamente que en cualquier otro escritor inglés de comparable importancia" pag. 137

Respecto al imprescindible Joseph Conrad (1857-1924) la atención se centra en las obras de mayor contenido social como El corazón de la tinieblas (1899), Nostromo (1904) y El agente secreto (1907) y, así, Raymond Williams observa con singular agudeza: "Conrad alcanza a construirse completamente una identidad como novelista cuando imagina y crea a partir de su propia experiencia" para terminar finalmente emulando el poderoso estilo Joseph Conrad: "la soledad no es la condición del hombre, sino la respuesta, la respuesta trágica, a una acción y una historia (...) El mundo imaginado, único, fruto de una creación deliberada, el mundo ahora conocido del polaco inglés: Conrad el explorador, el incansable, el que atravesó los mares"

Por último, le llega el turno a D.H. Lawrence (1885-1930), autor entre otras de Hijos y amantes (1913) y Mujeres enamoradas (1920) del que con vocación sin duda polémica o subversiva se llega a afirmar: "fue el más dotado novelista inglés de la época" y sus novelas son "una especie de milagro del lenguaje".

Raymond Williams (1921-1988), de origen galés y ascendencia proletaria, pasa por ser uno de los más prestigiosos críticos culturales del pasado siglo que, dotado de una aguda capacidad de penetración bajo una óptica inequívocamente marxista, ha ido conquistando una posición tan excéntrica e irreductible como necesaria: la del francotirador. Y no desde otro lugar se puede ejercer la crítica literaria con la suficiente dosis de autonomía y la perspectiva adecuada (como recordaba Ignacio Echevarría hace poco más de una semana)


Hasta pronto

viernes, 18 de abril de 2008

EN ESTADO DE GRACIA






Pablo D'Ors
El estupor y la maravilla

Pretextos, 2007










Una propuesta tan arriesgada como El estupor y la maravilla resulta, en primera instancia, no sólo insólita sino un tanto intempestiva, pues hay que remontarse a mediados los años ochenta del pasado siglo para encontrar por estos pagos una obra con tamaña ambición, similares premisas y parecida enjundia (me refiero, por supuesto, a La dama del viento sur de Javier García Sánchez). En la triste situación actual de las letras españolas hay que saludar con el entusiasmo que merece una obra de estas características.

El estupor y la maravilla pasa por ser las memorias de Alois Vogel, vigilante durante veinticinco años del Museo de los Expresionistas de Coblenza. No exageraría en absoluto quien una vez leído el libro asegurara que la acción trascurre entre las cuatro paredes del imaginario museo. Acotando más si cabe el escenario por un prurito de exactitud, digamos que toda la novela acontece en la cabeza de Alois Vogel. El escritor que desdeña el argumento debe construir -con el fin de evitar el bostezo y persuadir al lector en su empeño- una voz narrativa seductora y poderosa a la vez. Pablo D'Ors lo consigue desde la primera línea

"Dicen que la tarea que desempeño desde hace veinticinco años -ser vigilante en un museo- es completamente inútil; yo no lo creo, no al menos completamente, y ello porque casi todo en este mundo necesita ser vigilado, al menos en ocasiones. No me refiero sólo a los presos en la cárcel, a los enfermos en el hospital o a los locos en los manicomios (gentes, todas ellas, que han de ser vigiladas más que cualesquiera otras), sino también a las fieras en el zoológico -que de alguna manera son vigiladas-; a los niños en la escuela -a los que se suele brindar más vigilancia que educación-; y, por supuesto, a los trabajadores de una empresa -a quienes no es infrecuente encontrar holgazaneando cuando no se los vigila-." pag. 15

Aunque contiene también el relato minucioso de una obsesión -el vuelo de una mosca, las arrugas del pantalón, una mancha de humedad en el techo, el taconeo de una misteriosa visitante- y una hermosa historia de amor en la edad madura, El estupor y la maravilla no esconde el propósito de realizar, sobre todo, un homenaje a lo insignificante, a lo trivial, mediante una radical exaltación de la mirada que llega al punto de parecer en algún momento casi una epifanía de la contemplación mística (aquí viene al caso recordar que, no en vano, Pablo D'Ors, además de escritor y colaborador en un suplemento literario, es sacerdote y teólogo)

"Cuando miramos algo mucho tiempo, sea lo que sea, terminamos por afirmar su fealdad e insignificancia, o incluso su ridiculez, Ahora bien, si ese mismo objeto o persona se mira durante mucho más tiempo, esa insignificancia y fealdad, ese inevitable ridículo, se trastoca misteriosamente en belleza y sentido" pag. 114-115

"Y es que he llegado a un punto en el que todo -hasta lo más pequeño, sobre todo lo más pequeño- me produce un hondo estupor. Ante cualquier cosa que vea, toque, guste, oiga o huela, me sobreviene la impresión de estar frente a una maravilla. Y eso es lo que he descubierto en estos años: el estupor y la maravilla" pag. 202

No debe pasar inadvertido el sesgo irónico y hasta humorístico de buena parte de los episodios narrados, entre los que resulta particularmente hilarante la controversia de la ventana del museo o el duelo de toses entre vigilantes de distintas salas. Por lo demás, es innegable el ascendiente de Kafka, Musil, Walser y Bernhard, es decir, de la mejor literatura centroeuropea del siglo pasado. El estupor y la maravilla sin embargo -frente a la atmósfera sombría, claustrofóbica y a menudo pesimista que preside la obra de los autores citados- posee un inconfundible carácter afirmativo, de celebración y acatamiento de la vida (y acaso esta sospecha de resignación o conformismo sea la única debilidad de la novela)

"En realidad, no creo que haya que moverse mucho para saberse vivo. Cuanto más nos movemos, más descubrimos lo muertos que estamos. Lo que he aprendido en el museo (...) es a estarme quieto. Todos nuestros movimientos a lo largo de nuestra vida tienen un único propósito: aprender a estarse quieto" pag. 272

Página tras página Pablo D'Ors, mediante un sutil entramado de impecable factura -tan liviano que se diría inexistente-, va levantando la frágil estructura de El estupor y la maravilla que, como un castillo de naipes prodigioso, se muestra al lector tras la última página en toda su efímera y majestuosa estatura.

"Lo que realmente me atrae -ahora lo sé- es ver a los hombres bajo el influjo de las obras de arte: en ese instante, como también -aunque de otra forma- cuando están bajo los efectos del enamoramiento o de la oración, hay en todo individuo algo que le hace único y conmovedor" pag. 195

Tal y como se dice en algún momento de la novela, "cualquier vida es insólita o estrafalaria vista desde fuera". Lo extraordinario, sin duda, es contarlo con la maestría de Pablo D'ors.

Un libro escrito en estado de gracia.


Hasta pronto
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(Para no deslucir la reseña dejo aquí aparcadas algunas reflexiones inoportunas, acaso, pero pertinentes)

Resulta cuanto menos desolador la exigua acogida que ha obtenido este libro entre la cada vez más mediocre y desorientada crítica literaria de este país. ¿Cómo es posible que haya pasado desapercibida -con la excepción de Ricardo Senabre en El Mundo- una obra de este calibre? o para ser más precisos ¿por qué los lectores de diarios de tirada nacional como El País o ABC o La Razón no han tenido apenas noticia de la publicación de El estupor y la maravilla? y por lo tanto ¿cual es la función -aparte de la publicitaria- que cumplen en la actualidad los suplementos, y por ende los críticos, literarios en España?

Resignémonos a repetir lo que memorablemente escribió Francisco Rico "pocas cosas, en los últimos años, más distantes de la literatura que la teoría y la crítica literarias"

lunes, 14 de abril de 2008

ARQUEÓLOGO DE ESPUMAS








Tim Severin

El viaje de Simbad

Ediciones del Bronce, 2000






"El tiburón debió morder el anzuelo en las primeras horas de oscuridad de la noche anterior, pues el animal estaba totalmente exhausto en el momento en que advertí el tenso sedal de la caña de pescar al primer resplandor del amanecer. Con un clamoreo de triunfo, varios hombres corrieron hacia la barandilla del barco, cogieron la caña de pescar y comenzaron a tirar de ella rápidamente. Cuando la forma de torpedo del tiburón, de unos dos metros de largo, rompió la superficie del mar, el animal comenzó a revolverse de un lado a otro con desesperación, como asfixiado por la falta de aire. El agua se agitaba formando espuma alrededor del cuerpo sacudido del animal, y en el momento en que el sedal dejó de ser lo suficientemente fuerte como para sacarlo verticalmente fuera del agua, con cautela se lanzó en dirección al tiburón, que se retorcía, un palo largo provisto de un gancho improvisado en su extremo. El gancho resbalaba de un lado a otro sobre la piel húmeda y reluciente del tiburón, buscando uno de los orificios vulnerables, un ojo, una hendidura en una agalla, o la boca. Pero se cometió un error. Arqueándose con un estallido final de pánico, el tiburón arrojó todo el peso de su cuerpo contra el palo, como queriendo pasar por encima de la caña de pescar. El sedal en tensión se partió en dos debido al tirón y el tiburón cayó hacia atrás en el mar, quedando suspendido por un instante; luego, con un lento y exhausto bamboleo, volvió a hundirse en el océano" pag. 15

De esta prodigiosa manera comienza El viaje de Simbad, crónica de una travesía legendaria -de Mascate (Omán) a Cantón (China), pasando por Malasia, Singapur y Sumatra- en una embarcación a vela de nombre Sohar fabricada artesalmente con madera embastada -esto es, unida mediante cuerdas de fibra de coco-, tras la estela del célebre personaje de Las 1001 noches. Contra todo pronóstico la poderosa y vibrante escritura de Tim Severin en ningún momento desfallece, ni siquiera cuando pormenoriza las interminables jornadas de calma chicha navegando al sur de la Bahía de Bengala a la espera de los vientos monzónicos. El viaje de Simbad, por supuesto, puede leerse también como una estupenda novela de aventuras.

"En algunas ocasiones, las descargas eran tan cercanas que producían un estrépito sordo y penetrante semejante al restallido de un látigo gigante, y la embestida del rayo parecía explotar como una granada de metralla haciendo que brillantes trocitos de electricidad estática pasasen zumbando sobre el barco con una velocidad tremenda, de modo que uno libremente bajaba la cabeza para esquivarlos como si hubiesen disparado un cohete a través de la cubierta" pag. 252

A las pocas páginas de iniciada la singladura el lector ya se encuentra familiarizado con la intrépida tripulación del Sohar constituida a partes iguales por marineros omaníes originarios de la isla de Minicoy -"los camisas verdes"- y por científicos occidentales, a la manera de las expediciones europeas de exploración que proliferaron durante los siglos XVIII y XIX: el pícaro cocinero Shanby sustituido a mitad de travesía por Ibrahim, el experto timonel Abdullah, el audaz Peter Dobbs, "el abuelo" Jumah, o incluso el patoso y excéntrico fotógrafo Richard Greenhill. Asimismo Tim Severin y sus hombres tuvieron como compañeros de viaje desde grillos, moscas, cucarachas y ratones -a bordo del Sohar-, hasta delfines, atunes, tiburones o una desorientada golondrina:

"Era un ave pequeña y esbelta, con una cola en abanico bien formada, alas ahusadas, largas y estrechas, un cuerpo blanco moteado de manchas oscuras, piernas rojas y una cabeza redonda bastante cómica, con un delicado pico fino y romo. Por la noche, la golondrina de mar se situaba cerca del timonel, sobre la franja de luz emitida por su quinqué. Allí se permitía ser cogida y acariciada con mansedumbre, pero parecía incómoda, por lo que le dábamos agua fresca para beber y la dejábamos estar, una silueta acobardada y de brillantes colores expectante en la oscuridad" pag. 221

Quien lea este libro sabrá lo útil que es tener siempre a mano una cinta métrica o una caja de whisky y descubrirá el misterio del Cementerio de Elefantes en Sri Lanka. Quien lea este libro sentirá sin duda la brisa del mar en su rostro, conocerá casi de primera mano los aparejos de un barco de vela y acaso descubra al finalizar la lectura un regusto salobre en sus labios:

"Cuando el remolino de viento estuvo a bordo, dió lugar a una sensación breve pero extraordinaria. Éramos conscientes de la pavorosa velocidad del viento, imposible de calcular pues carecíamos de parámetros, de suerte que habia una sensación asombrosa, casi refrescante, en el aire, que debe haber estado girando en un círculo completo en torno al vórtice a dos o tres revoluciones por segundo. Nuestras mejillas fueron vigorosamente aguijoneadas por el rocío, primero una y después la otra en una sucesión rápida, cuando el vórtice nos pasó por encima y la dirección del viento cambió describiendo un giro de 180 grados (...)" pag. 272

Tim Severin es un viajero y escritor peculiar que, como relata Javier Reverte en el prefacio de este libro, "saltó a la fama cuando, en 1976, realizó con una embarcación fabricada de pieles de buey la travesía de Irlanda a Norteamérica, siguiendo las trazas de un mítico viaje de las leyendas gaélicas, el viaje de San Brendan". Desde ese momento y hasta el día de hoy ha emulado con éxito el itinerario de los viajes por mar de la gran literatura: The Jason Voyage: The Quest for the Golden Fleece, 1986 (El viaje de Jason: en busca del Vellocino de Oro), Tracking Marco Polo, 1986 (Tras la pista de Marco Polo), The Ulysses Voyage, 1987 (El viaje de Ulises), In Search of Moby Dick, 1999 (En busca de Moby Dick), Seeking Robinson Crusoe, 2002 (Buscando a Robinson Crusoe). Asimismo es autor de una serie de novelas históricas sobre vikingos y piratas. ¿Algún editor español se decidirá a publicar los libros admirables de este "arqueólogo de espumas" (1) y magnífico escritor que es Tim Severin?


Hasta pronto

(1) Gracias por esta feliz expresión a Antonio Rivero Taravillo, poeta, viajero y traductor.

martes, 8 de abril de 2008

EL ESCRITOR ES EL ESTILO








Danilo Kiš

La Enciclopedia de los muertos

El Aleph, 2002









Danilo Kiš es un escritor de origen yugoslavo y ascendencia judía cuyo prematuro fallecimiento ocurrido en 1989 truncó una meteórica carrera litararia no tanto por el número de ventas de sus libros cuanto por la creciente repercusión internacional de una obra elogiada por Joseph Brodsky, traducida en la actualidad a más de veinte idiomas y comparada con la de Italo Calvino, Borges o Bruno Schulz. No resulta en absoluto superfluo mencionar también que Danilo Kiš tradujo a su lengua materna a autores de la talla de Baudelaire, Verlaine, Queneau o Alexander Blok.

Los nueve relatos que contiene La enciclopedia de los muertos están de una u otra forma relacionados con la muerte. Pero no se piense que por ello el tono general del volumen sea necesariamente fúnebre o siniestro. Tal y como el propio autor advierte en el Post Scriptum se trata de "variaciones" en torno a textos religiosos y profanos de diversa procedencia -desde el Corán a una leyenda gnóstica pasando por los Protocolos de los Sabios de Sion- de tal manera que "este libro podría llevar el subtítulo de 'El diván occidental-oriental', en un contexto claramente irónico y paródico". Así, el lector se puede encontrar una heterodoxa parábola cristiana (Simón el Mago), la desconsolada plegaria por una puta (Honores fúnebres), el relato de una resurrección (La leyenda de los siete durmientes), un atroz episodio espiritista (El espejo de los desconocido), una fábula con moraleja (La historia del Maestro y del disípulo), una ambigua historia de heroísmo (Es glorioso morir por la patria), un enjundioso ensayo convertido en ficción (El libro de los reyes y de los tontos) y finalmente una documentada crítica a la crítica indocumentada (Sellos rojos con la efigie de Lenin).

"Uno no puede llevar su biblioteca personal sobre la espalda como un caracol. La única biblioteca personal del hombre es la que permanece en su memoria: la quintaesencia, el residuo" pag. 148

En cuanto al relato que da título al libro -el más destacado del conjunto a pesar del tópico recurso final del sueño- es una claustrofóbica y minuciosa pesadilla en torno a una enciclopedia recóndita, recopilada por una "extraña casta de eruditos", con innegables resonancias borgianas (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, La biblioteca de Babel, Del rigor de la ciencia):

"La historia es para el «Libro de los muertos» la suma de los destinos humanos, un conjunto de acontecimiento efímeros. Por esta razón está reseñada cada actividad, cada pensamiento, cada soplo creador, cada cota inscrita en el registro, cada pala de barro, cada movimiento que haya desplazado un ladrillo de los muros derrumbados" pag. 63

Lo primero que llama la atención al lector es la supremacía de un estilo elegíaco, discursivo, poderoso y subyugante que se enseñorea de la escritura desde la primera línea dejando al hilo narrativo en un segundo plano lo cual paradójicamente no resta un ápice de interés a los relatos. En uno de los ensayos del libro Homo poeticus (1983) Danilo Kiš realizó la siguiente declaración de intenciones: "El argumento de mis libros es, para citar a Nabokov, el estilo. O viceversa: el estilo de mis libros es su argumento". Y es que como ya dejó dicho Juan Benet, citando a Buffon: "El estilo es una plataforma superior sobre la que descansa el lenguaje. El estilo es sobre lo que puedes trabajar. Con el lenguaje apenas puedes hacer nada. Las palabras te vienen dadas por el uso y entonces es una cosa común a todos. El escritor, en definitiva, es el estilo" (1).

"Sordos, el oído sellado por el plomo del sueño y la pez de la oscuridad, yacían inmóviles, ensimismados ante la tinieblas de su ser, tinieblas del tiempo y de la eternidad que había petrificado su corazón de durmientes, que había detenido su aliento y el movimiento de sus pulmones, que había helado el rumor de la sangre en sus venas" pag. 76

Por su acusada inspiración "libresca", la índole metaliteraria y el caracter de palimpsesto de los relatos que forman La enciclopedia de los muertos, se podría aplicar al escritor balcánico la disuasoria etiqueta de "escritor para escritores". Sin duda sería más acertado definir a Danilo Kiš con el pleonasmo "escritor para lectores". Para lectores, eso sí, con buen gusto.

"La historia la escriben los vencedores. El pueblo teje las leyendas. Los escritores imaginan. Sólo la muerte es innegable"

Tan sólo resta apuntar un pequeño descuido en la por lo demás brillante traducción de Nevenca Vasiljevic: en el relato La Enciclopedia de los muertos aparece varias veces el término "geómetros" (¿?) donde debería decir cartógrafos. Es una lástima que la exquisita prosa de Danilo Kiš se vea enturbiada por una errata que se podría haber evitado con una simple revisión del texto previa a su publicación. Confiemos en que se cuiden estos detalles en la edición de su obra completa que está llevando a cabo El Acantilado.


Hasta pronto


(1) Juan Benet, Cartografía personal, pag. 146

sábado, 5 de abril de 2008

FILOSOFIA Y ROCK AND ROLL






José Luis Pardo

Esto no es música

Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2007







Jose Luis Pardo ya había dado muestra de su poco convencional forma de entender la filosofía en su anterior entrega, La regla del juego (2004), de la que el presente libro, a primera vista, pudiera considerarse una mera continuación o apéndice. No en vano Esto no es música comienza donde aquél terminaba -según afirma el autor en nota a pie de página-, sirviendo como hilos de continuidad entre uno y otro las citas de los Beatles. En esta ocasión, sin embargo, quizá su atrevimiento ha llegado demasiado lejos porque ¿puede escribirse un libro de filosofía a partir de la portada del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band? (1). La respuesta es este libro excelente que contiene una auténtica "silva de varia lección" sobre la cultura popular.

Precedido de un resumen de su contenido escrito en un tono de acusada ironía -cuando no abiertamente sarcástico-, cada capítulo del libro se titula con cierta sorna, siguiendo corte a corte los temas del álbum Abbey Road (1969). Así por ejempo You never give me your money se convierte en el castizo -y un punto macarra- No sueltas un felús o Carry that weight en el proverbial Cargar con el mochuelo. No resulta incongruente, pero sí insólito, que Esto no es música incluya como apéndice una discografía, copada en su mayor parte por los Beatles. Pero detengámonos siquiera un instante en la portada del Club de los Corazones Solitarios y su sargento picante:

"(...) allí estaban, junto a Lennon, McCarney, Harrison, Starr y sus figuras de museo de cera de Madame Tussaud, escritores como Poe, Huxley, H.G. Wells, Bernard Shaw, Lewis Carroll o Wilde, pensadors como Marx o C.G. Jung, políticos de XIX como Robert Peel (el padre de los Bobbies), numerosos líderes espirituales y religiosos orientales, poetas como Dylan Thomas, músicos como Stockhausen, actrices como Mae West, Marlen Dietrich y Marilyn Monroe, artistas plásticos como Richard Lindner o Wallace Berman, actores como Stan Laurel y Oliver Hardy, científicos como Albert Einstein y un boxeador tan célebre como Sonny Liston" pag. 10

Ejerciendo de privilegiado cicerone, Jose Luis Pardo -y cabría comparar, por una parte, su afilado entendimiento con el machete que esgrime el explorador para abrir un sendero en la maleza y, por otra, la ya citada portada de los Beatles con un abigarrado mapa del tesoro- al tiempo que persigue con éxito "desentrañar los entresijos de la cultura pop", realiza un fértil y minucioso escrutinio de los acontecimientos que hicieron posible el llamado Estado del bienestar. Veamos, por ejemplo, algo de lo ocurrido en 1954:

"El 8 de septiembre se firmó en Manila el tratado de la Organización del Sudeste Asiático (SEATO), y el día 11 comenzó a soplar el huracan 'Edna' causando 21 muertos en la costa Este de Estados Unidos. El 31 murió la madre de Marlo Brando, que ese año recibiría el Oscar al mejor actor de Hollywood por 'On the waterfront' (y que se encuentra a la izquierda de Tom Mix en la foto). Mientras Marilyn se separaba del baseball al son del mambo que le había dedicado el maestro Dámaso Pérez Prado, se abrieron por primera vez las puertas de Dineylandia, y el 3 de noviembre se emitió por televisión (ABC) el largometraje de Disney 'Alice in Wonderland', con guión de Aldoux Huxley (debajo de Mae West en la foto) sobre los relatos de Lewis Carroll (al lado de Marlene Dietrich en el álbum)" pag. 69

Asimismo Esto no es música desarrolla una ambiciosa reflexión en torno a la controversia histórica de la dualidad original-simulacro (que deviene arbitraje entre una buena y una mala copia) y en el camino conduce al autor -mediante jugosas calas en la obra de filósofos como Platon, Aristóteles, Leibniz, Kant, Marx y Hegel, pero también de Erns Jünger, Umberto Eco, William Maxwell o nuestro Rafael Sánchez Ferlosio- a disquisiciones de mayor o menor calado sobre el tiempo y su ritmo, la naturaleza de la ficción o nuestra percepción del pasado:

"Y es así, efectivamente, como experimentamos la antigüedad: como un tiempo que produce desechos, ruinas en las que vemos deshacerse lo que alguna vez fueron grandes monumentos y vastos imperios de los que sólo quedan escombros y despojos, como si ya en la erección de aquellas grandezas estuviera secretamente prevista la destrucción a la cual estaban fatalmente condenadas" pag. 36-37

Debido a su carácter simbólico, Jose Luis Pardo considera el encuentro de 1808 entre un ya caduco Goethe y el todavía pujante Napoleón -"verdadero forjador de las naciones modernas"- como un punto de inflexión que clausura una época y a la vez inaugura eso que se ha dado en llamar la modernidad: "El emperador recogía el testigo de las manos del poeta porque la poesía había sido superada por la historia o, como ahora decimos, la realidad había superado a la ficción" pag. 181

Con gran sentido de la oportunidad Esto no es música presenta -Deleuze mediante- a un Nietzsche revolucionario, combativo y dolorosamente lúcido que acaba dando la espalda a la alta cultura, encarnada por su viejo amigo Wagner, para abrazar la cultura de masas en la figura de la popular zarzuela. Un Nietzsche -y buena falta que hace- puesto al día:

"Lo que Nietzsche llama «la muerte de Dios» no es un acontecimiento susceptible de ser fechado en la historia. Y no porque no haya sucedido nunca sino, al contrario, porque no ha dejado de suceder a lo largo de los tiempos. La muerte de Dios ocurre cada vez que en el mundo sufren los inocentes, porque en ese mismo momento la fábula de que un Dios bueno gobierna el curso de los hechos se torna insostenible y el propio Dios se convierte en inverosímil" pag. 337

Escrito con un lenguaje llano -téngase en cuenta que incluso el culpable de este blog ha sido capaz de entenderlo cabalmente (o eso al menos se ha resignado a creer)- pero en absoluto trivial, y aligerado por completo de el galimatías conceptual y de esa retórica pueril que los filósofos de ahora utilizan en sus escritos con el propósito no tanto de confundir o desanimar al lector advenedizo cuanto de enmascarar su absoluta carencia de imaginación, Esto no es música destila brillantez expositiva, clarividencia y osadía a partes iguales.

Reconozcámoslo, no es posible agotar en este por fuerza breve comentario la riqueza de ideas e intuiciones que como fogonazos asaltan al afortunado lector de este libro.

Esto no es música -y no hay recompensa mayor- da que pensar


Hasta pronto

(1) Parafraseando el artículo Las señoritas de Aviñó y las de Vargas de Felix de Azúa, publicado en El País el 10/12/2007

lunes, 31 de marzo de 2008

LA SOMBRA DE ALBERTI ES ALARGADA






Benjamín Prado

A la sombra del ángel

Aguilar, 2002








En 1977 tras largos años de exilio retornó a España -"un país que los canallas le habían arrebatado durante casi cuatro décadas"- el poeta Rafael Alberti convertido en un "auténtico mito literario y civil" y ataviado "con su melena de astrónomo, su gorra de marinero y sus camisas selváticas, vistosas como pájaros tropicales". Pocos años más tarde conocería a un jovencísimo Benjamín Prado.

A estas alturas resultaría superfluo -por tópico y redundante: en la red el interesado puede encontrar sin dificultad cientos de páginas al respecto- esbozar un ensayo biográfico o bibliográfico de Alberti, poeta de los más queridos para este lector pese a la evidente irregularidad de su obra. A la sombra del ángel relata la intensa relación casi tutelar -no en vano les separaba medio siglo de vida- que Benjamín Prado mantuvo durante trece años con el poeta gaditano. El autor advierte en el capítulo inicial que su intención no es "escribir una biografía de Rafael Alberti, ni tampoco ofrecer un inventario exhaustivo de los años que pasé junto a él, sino contar ciertos episodios de una parte de su historia, ocurrida entre 1981 y finales de 1993 o principios de 1994, que quizá guste conocer a los lectores".

Verosímil retrato íntimo, entre luces y sombras, de un hombre llamado Rafael más que del poeta Alberti, este libro nos revela a una persona siempre jovial y desinteresada, de carácter dicharachero, generoso y bromista ("son las tres, es la hora de Ibsen"; "no olvides el abrigo, hace mucho Freud"), y también a un escritor caprichoso y endiosado en ocasiones, con un pueril afán de protagonismo ("yo que he hecho la poesía más popular y la más oscura", "yo que soy un poeta archiconocido allá por donde vaya"). Rafael Alberti, desordenado y negligente en su aseo personal pero a la vez maniático de la puntualidad y presumido, "vivía intensamente, con una alegría como de niño ininterrumpido, los mejores momento de una existencia, en general, caótica, hecha de extremos que lo llevaban del tumulto y la fama al abandono, de los autógrafos y las ovaciones a la soledad de aquel escueto apartamento de una sóla habitación (..)"

A modo de ejemplo de la extraordinaria vitalidad del autor de Sobre los ángeles cabe mencionar la devoción de Alberti por el teatro al que Benjamin Pardo acompañó en "cientos de estrenos", los numerosos recitales de poesía que ofreció por toda España -¿quién no ha escuchado alguna vez la inconfundible voz declamatoria del poeta gaditano?- y sobre todo su afición a los "viajes literarios", en compañía de los poetas Luis García Montero, Javier Egea o Luis Muñoz, viajes que tuvieron entre otros los siguientes itinerarios: "el monasterio de Veruela, al pie del Moncayo, donde Becquer escribió sus cartas desde mi celda; o la tumba de Leonor, joven esposa de Antonio Machado, en Soria; o las murallas a cuyo pie encontró la muerte Jorge Manrique; o el emocionante huerto de San Juan de la Cruz y la iglesia donde está expuesto un dedo incorrupto de Santa Teresa de Jesús en Ávila..."

La biografía de Rafael Alberti, que recorre el siglo XX en su totalidad, ha deparado multitud de anécdotas con autores de la talla de Hemingway, Albert Camus o Pablo Neruda, recogidas en sus libros de memorias. Por su parte el lector de A la sombra del ángel tiene el privilegio de asistir al reencuentro con alguno de sus compañeros de generación como José Bergamín, Gerardo Diego y Dámaso Alonso. Precisamente del último de ellos se relata un conmovedor episodio que sucedió durante la ceremonia de entrega del premio Cervantes en 1984: "Desde mi asiento, vi que, al incorporarse, la pernera derecha del pantalón había quedado montada sobre la caña de los botines, y que allí se encaminaba el maestro, hacia el solemne púlpito, con esa pata remangada a lo Cantinflas, sorprendido ante la notable muchedumbre en actitud un tanto pantuflera. Entonces, con una rapidez inesperada en un hombre de sus muchos años, su viejo amigo Dámaso Alonso abandonó su asiento y, arrodillándose a espaldas de Alberti, le desenganchó y colocó el pantalón"

Benjamín Prado da cuenta en el capítulo final -La zona sombría, su esclarecedor título- de la serie de ultrajes ocurridos a raiz del funesto segundo matrimonio de Rafael Alberti en 1990: la conversión del nombre de quien fue el "poeta del pueblo" en marca registrada, la depuración en las memorias de Alberti de ciertos nombres y la manipulación interesada del texto, el escándalo de los diez testamentos que el poeta firmó entre los años 1991 y 1996, el escamoteo de material de indudable interés pero sobre todo de gran valor económico de la Fundación Alberti... No quisiera empozoñar este blog con el nombre de la responsable de tanta infamia. Como bien dice Benjamín Prado "el destino de las langostas es morir de hambre o devorarse entre ellas"

Finalmente no me resisto a transcribir un célebre poema del primer libro de Rafael Alberti por el que siento especial debilidad:


SI MI VOZ MURIERA EN TIERRA

Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.

¡Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla,
y sobre el ancla una estrella,
y sobre la estrella el viento,
y sobre el viento la vela!

(Marinero en tierra, 1924)



Hasta pronto

sábado, 29 de marzo de 2008

UNO DE LOS NUESTROS







Juan García Hortelano

Crónicas, invenciones, paseatas

Lumen, 2008






Para este lector la publicación de un "nuevo" libro de Juan García Hortelano -más allá de que en gran medida el material recopilado en el presente volumen ya formara parte de Crónicas correspondidas (Alfaguara, 1997)- resulta todo un motivo de celebración. Y un gozoso reencuentro.

Debido a su carácter coyuntural las colaboraciones periodísticas constituyen la parte más "perecedera" -por así decirlo- entre la producción de un escritor, la más sensible al paso del tiempo. Son textos con fecha de caducidad que leídos posteriormente dejan por lo general un regusto rancio y cierto aroma a naftalina. Contra toda lógica los artículos -certeros, audaces, combativos, libertarios- de García Hortelano han resistido a la perfección los años transcurridos, siguen vigentes y se mantienen frescos y lozanos, como recién salidos de su pluma.

"El oficio de la política, por su naturaleza obligademante frenética, por su necesaria cortedad de visión (el llamado pragmatismo) y por la hipoteca de vender a muchos siempre el mismo producto, admite, como ningún otro oficio, la chapuza" pag. 194

En lo tocante a sus novelas García Hortelano es un escritor de inicio costumbrista (Nuevas amistades, Tormenta de verano), más tarde desmesurado (El gran momento de Mary Tribune), a menudo incomprendido (Los vaqueros en el pozo), en ocasiones metaliterario (Gramática Parda), tardíamente libertino y emboscado (Muñeca y macho) pero se trata sobre todo de un excelente cuentista y articulista. Cabe considerar que en las distancias cortas -en el cuerpo a cuerpo- su genio literario alcanza el máximo esplendor. Siguiendo con el símil boxístico la estrategia del correoso y fajador púgil de Lavapiés (a nuestra izquierda con calzón rojo) podría ser la siguiente: tras un par de asaltos -lease párrafos- de tanteo a fin no tanto de estudiar al rival como de adornarse ante su público comienza un ataque demoledor mediante una variada combinación de golpes de efecto -sarcasmo, esperpento, sátira, caricatura- para rematar con su temible gancho de izquierda directamente al mentón. A pesar de que nadie ha resultado herido de consideración -la tinta no ha llegado al río- se solicita asistencia médica: el lector está a punto de sufrir un torrencial ataque de risa.

"Que el locuaz se convierta en lenguaraz no causa asombro. Asombroso es algún maestro en el arte de no dejar hablar a los demás, al que basta tener un micrófono delante para que a fuerza de tanto y tan disperso palabrerío acabe por no dejarse hablar a sí mismo" pag. 272

Abundan los artículos desternillantes sobre los más variados asuntos -"De cómo evitar el galardón", "La arquitectura sonora", "Lapidario", "Madrid, la capital de Madrid", "La hija de Pocha", "Los años ilusorios"- pero hay también una vindicación del tabaco -"El humo ciega tus ojos"-, un feroz alegato antibelicista -"Hazañas bélicas"-, una crónica de viaje -"Roma, mi ventura"- o una declaración de amor a los puentes -"El vuelo constante". Se incluye además la célebre conversación, rebosante de complicidad e ironía, de Juan García Hortelano y Juan Benet (acaso no sería disparatado establecer una analogía entre esta inseparable pareja de "juanes" con aquella de estirpe cervantina y fama universal, de tal manera que un Quijote-Benet espigado, retórico y un punto extravagante divagase junto a su escudero Sancho Panza-Hortelano rechoncho, castizo y farandulero en torno al "estatuto de la narratividad")

Por las páginas de Crónicas, invenciones, paseatas junto a varias filias (Beckett, Onetti, Robert Walser, Boris Vian) y otras tantas fobias (la ópera, Galdós, los toros, la OTAN) desfilan los principales actores, y algún que otro secundario resultón, de aquella brillante escena literaria no tan lejana en el tiempo: Carlos Barral, Gil de Biedma, Jaime y Pedro Salinas, Gabriel Celaya, Vázquez Montalbán, Claudio Rodríguez, Ángel González... Las palabras que García Hortelano dedica a uno de Jesús Aguirre podrían aplicarse con justeza a este libro:

"Son tantas las lecturas que estos textos rezuman, que únicamente habiendo hecho amigos suyos a los libros se comprende que su autor haya dispuesto de tiempo, curiosidad y juicio para tan íntimo y valioso trato" pag. 209

Para terminar, proponemos los posibles ingredientes y modo de preparación del famoso "coctail Hortelano": tómese el néctar de dos manzanas de la apetitosa variedad Benet, exprímase una naranja de la clase Millás, mézclese todo con zumo de limón Azúa, añádase unas gotas de Ferlosio (exquisito licor destilado en Coria). Agítese bien y sírvase muy frío: preferentemente, con dos o tres cubitos de hielo. Abstenerse toreros, pusilánimes y beatos.



Hasta pronto

domingo, 16 de marzo de 2008

DESDE LA CUMBRE







Julien Gracq

A lo largo del camino

Acantilado, 2008






Sería un acontecimiento extraordinario que cualquiera de los libros del recientemente fallecido Julien Gracq pudiera convertirse en éxito de ventas, pero no tanto por la presunta complejidad de su prosa o el ensimismado argumento de sus relatos cuanto por el carácter proteico, tangencial, de su obra, a saber: de El castillo de Argol (1938) ha llegado a decirse que es un cuento gótico de estirpe surrealista, a El mar de las Sirtes (1951) se la ha calificado de fábula alegórica, novela iniciática o incluso de utopía mientras que con La forma de una ciudad (1985) Gracq pretendió escribir su autorretrato a través de una descripción de Nantes (1). A la postre el lector común suele preferir productos tradicionales, aunque mediocres, a los arriesgados y fructíferos ejercicios de equilibrismo narrativo de Julien Gracq: "la única literatura necesaria es siempre una respuesta a lo que todavía no ha sido formulado".

Con A lo largo del camino (1992) sucede asimismo que sin ser cabalmente un libro de viajes o una autobiografía al uso y ni siquiera un mero volumen de ensayos, participa sin embargo en mayor o menor medida de todos ellos. No andaría muy desencaminado (pero tampoco acertaría de pleno) quien adjudicara a este libro el término de miscelánea. Julien Gracq, por su parte, confiesa en una nota que antecede al texto: "El camino al que se refieren las notas que forman este libro es por supuesto el que atraviesa y enlaza los paisajes de la tierra. Es también, algunas veces, el del sueño y a menudo el de la memoria, la mía y también la memoria colectiva, a veces la más lejana: la historia y por eso es también el de la lectura y el del arte"

Quizá no sea éste el libro más indicado para el lector primerizo de Julien Gracq -autor emparentado por temática, peripecia vital y temperamento literario con Buzzati, Jünger y nuestro Juan Benet, respectivamente- pero sin duda aquí se encuentran, quintaesenciados, casi todos los signos de identidad que vertebran su biografía literaria: de la temprana filiación al Partido Comunista y los coqueteos con el surrealismo tardío a su breve participación en el Segunda Guerra Mundial, desde su patente aspiración de marginalidad (no en vano ninguno de sus libros fue publicado en edición de bolsillo) hasta su siempre malentendida "pose" entre elitista, tímida y arrogante (no en vano rechazó el premio Goncourt en 1951 y apenas concedía entrevistas), de su afición a las óperas de Wagner y la devoción por el ajedrez, a su acérrima defensa del ámbito rural en contraste con la ciudad de "atributos vulgares". Todo ello aderezado con la sensualidad inconfundible de su prosa.

"Hay una elipsis del recuerdo que, a la manera de la heráldica, vincula a veces ciertos lugares visitados rápidamente, o atravesados a lo largo de la carretera, con dos o tres atributos estilizados que los representan con orgullo, como hace un escudo, demediado o a lo sumo partido en cruz, sobre la puerta de una ciudad" pag. 14

"nunca atravieso en ferrocarril una ciudad que se sumerje en el crepúsculo y cuyas luces se encienden sin que se apodere de mí el deseo súbito de pararme, de sorprender al azar de sus calles el matiz particular, casi místico y siempre diferente, del matrimonio que ella concluye con la lenta inmersión en las tinieblas" pag. 26

El estilo de Julien Gracq es un acabado ejemplo de delicada orfebrería verbal, las frases se encadenan formando armoniosas melodías de gran capacidad evocadora según una partitura que esbozó en su Leyendo, escribiendo (1980) "Siempre he tenido tendencia, cuando escribo, a abusar de la elasticidad de construcción de la frase latina, no preocupándome más que de forma muy insolente, por ejemplo, de la proximidad del promombre relativo y del sustantivo al que se refiere (...) Es el libre movimiento orientador de la frase el que me guía, y no las sólidas suturas de la sintaxis francesa, que quiere que se acerquen profundamente los dos bordes antes de coserse"

Se diría que Gracq, en cada uno de sus libros, se propone escalar una montaña por la senda más abrupta sin otra impedimenta que su libre albedrío y un portentoso olfato literario a modo de brújula. No se arrepentirá el osado lector que decida acompañar a Gracq en su ascensión pues una vez alcanzada la cumbre -y el camino estará preñado de excursos, paradas, rodeos y atajos- el paisaje que se divisa desde allí posee una belleza deslumbrante. Y el aire es más puro.

Por último me gustaría destacar la acertada traducción de Cecilia Yepes.



Hasta pronto

(1) Octavi Martí, Julien Gracq, surrealista racional y libertario, El país (24/12/2007)

domingo, 9 de marzo de 2008

UN PERVERSO CUENTO DE HADAS









Ray Bradbury

La feria de las tinieblas

Minotauro, 2001









El escritor estadounidense Ray Bradbury fue galardonado en el año 2006 con el VI Premio Reino de Redonda "por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original como poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo" y nombrado Duke of Diente de León en la peculiar nobleza redondina que reúne entre otros a Lobo Antunes, Almodovar, Coetzee, Sebald, Coppola, John Ashbery o Anthony Beevor. Desde este blog nos hemos propuesto recuperar su obra, buena parte de la cual lamentablemente no se encuentra a disposición del lector sino en librerías de viejo.

Publicada en 1962, La feria de las tinieblas (cuyo shakesperiano título original Something Wicked this Way Comes procede de Macbeth y literalmente significa "Algo terrible se avecina") cuenta la historia de dos adolescentes, Jim Nightshade y Will Halloway, unidos desde su nacimiento por una ominosa coincidencia -"Todos los años Will encendía las velas de una única tarta, un minuto antes de medianoche, y Jim las apagaba soplando un minuto después, cuando empezaba el último día de octubre", no en vano víspera de Todos los Santos- que tras enfrentarse a la siniestra atracción que una feria sobrenatural ejerce sobre ambos "ya nunca más fueron tan jóvenes..." Es decir, una especie de Bildungsroman -o novela de aprendizaje- del género fantástico.

El padre de Will -"Charles Halloway, ciudadano, padre, marido introspectivo, vagabundo de la noche y guardián de la biblioteca"- ejerce el papel de "guía turístico" en este portentoso viaje a la madurez salpicando el camino con certeras reflexiones en torno al ser humano:

«
En algún momento dejamos caer la garra del gorila. En algún momento dejamos de lado los dientes del carnívoro y nos pusimos a mascar hierba. Metimos tierra junto con sangre en nuestra filosofía, durante muchas generaciones. Desde entonces nos hemos situado a nosotros mismos bastante por encima del mono, pero muy por debajo del ángel (...) Y en definitiva ¿qué somos? Criaturas que saben, y que saben demasiado» pag. 204-205

«Un hombre, una mujer, antes de separarse o matarse prefieren hostigarse toda una vida, tirándose de los pelos, sacándose las uñas. El sufrimiento ajeno es como una droga que ayuda a vivir» pag. 212

Ray Bradbury recupera en este libro al Hombre Ilustrado, personaje que había utilizado con anterioridad en una colección de relatos del mismo nombre. Aquí el Hombre Ilustrado -así denominado porque su cuerpo está cubierto de enigmáticos tatuajes, nada que ver con Diderot o Voltaire- tiene por nombre Dark y es propietario de la feria ambulante "El Pandemonium de las Sombras" que presenta entre otras las siguientes atracciones: ¡LA MUJER MÁS HERMOSA DEL MUNDO!, ¡MEFISTÓFELES, EL BEBEDOR DE LAVA! ¡EL HOMBRE ELÉCTRICO! ¡EL MONSTRUO MONTGOLFIER! ¡MADEMOISELLE TAROT! ¡EL HOMBRE COLGANTE! ¡EL DEMONIO GUILLOTINA! ¡EL ESQUELETO! ¡LA BRUJA DEL POLVO! Sin olvidar un carrusel para viajar en el tiempo y el insondable laberinto de espejos. Una sugestiva oferta ¿no les parece?

En ocasiones se enseñorean del relato los fenómenos de feria -criaturas aberrantes, sí, pero también prodigiosas, más dignas de lástima que de escarnio (y de pronto se viene a la memoria la turbadora Freaks de Todd Browning). Quién sabe si un monstruo acaso no produce espanto o fascinación tanto por su deformidad cuanto por el asombroso parecido que guarda con el tipo que nos es dado contemplar cada mañana en el espejo.

Atendiendo al carácter fantástico y a la sencilla complejidad de su argumento, parece legítimo situar La feria de las tinieblas en el territorio de la literatura juvenil -y bien mirado algo tiene de perverso cuento de hadas- aunque el singular estilo de Bradbury entre pueril y bizarro, entre alegórico y zumbón, permite que su lectura pueda ser disfrutada a cualquier edad.

«Una feria ha de ser toda gruñidos, rugidos, ruidos ensordecedores de maderas amontanadas, sacudidas y golpeadas, explosiones de polvo de león, hombres animados por la furia del trabajo, botellas descorchadas, caballos desbocados, una estampida de máquinas y elefantes a través de lluvias de sudor, mientras las cebras relinchan y tiemblan como jaulas encerradas en jaulas» ..pag. 61

El libro contiene un esclarecedor epígrafe extraído de Moby Dick que cabe considerar asimismo como una moraleja anticipada: "No sé todo lo que puede venir, pero de cualquier modo, iré hacia eso riendo"


Hasta pronto

viernes, 7 de marzo de 2008

TRAVESÍA POR EL AMAZONAS






Javier Reverte

El río de la desolación

Random House Mondadori, 2004









Quizá por falta de tiempo o de ocasión no habíamos leído hasta ahora -pero nunca es demasiado tarde- ninguno de los ya numerosos libros de viajes que Javier Reverte ha dado a la imprenta desde hace algo más de una década.

El río de la desolación narra por un lado las peripecias de Reverte durante la travesía del Amazonas, casi desde su nacimiento en los Andes peruanos hasta su desembocadura en el Atlántico, a bordo de embarcaciones desprovistas de cualquier comodidad imaginable -las cubiertas de los barcos se convierten a menudo en alcoba comunitaria para todo el pasaje-, y por otro lado ofrece un breve pero suculento recorrido por la historia de quienes navegaron el río antes que él -vervigracia Francisco de Orellana y también Lope de Aguirre, el capitán portugés Pedro Texeira, los científicos Humboldt y La Condamine, el jesuíta y cartógrafo Samuel Fritz, el diplomático irlandés Roger Casement... No es mérito menor haber logrado trenzar con admirable habilidad narrativa el relato en tiempo presente y la evocación de sucesos historicos.

La historia del Amazonas como la de tantos otros lugares del planeta -¿todos?- es la crónica de la explotación del hombre blanco -¿civilizado?- sobre los pueblos indígenas. Sirva como ejemplo espeluznante las formas más comunes de castigo que los esbirros del cacique Arana infligían a los indios si no se cumplían las cuotas mínimas de producción de caucho: "los azotes con látigo, el aprisionamiento en cepos, el encarcelamiento en celdas sin agua y luz durante días, el semiahogamiento delante de los parientes de la víctima; la violación de las mujeres ante sus maridos e hijos, la mutilación de dedos, manos y orejas; la exposición de las víctimas en la entrada de las estaciones, colgadas de las manos y desnudas; la crucifixión, el lanzamiento a corrientes del río de indígenas atados de pies y maos; la aplicación de sal en las heridas, la incineración de gente viva con queroseno; la muerte por hambre y el «aperreamiento», esto es: hombres, mujeres y niños arrojados como comida para los grandes mastines de los capataces"

Acostado en su hamaca, Javier Reverte -aquejado por fortuna para sus lectores de una insaciable curiosidad- consigna escrupulosamente en un libro de notas todo lo que llama su atención, desde una receta para reducir las cabezas al modo de los jíbaros hasta "la primera paella de pirañas de la historia" pasando por la exótica leyenda amazonia en torno a los bufeos -especie de delfines rosados de río- que según el sabroso relato de un lugareño "a veces se convierten cuando anochece en hombres bien guapos, altos, rubios, como agringados. En los días de fiesta asoman en las aldeas y seducen a las muchachas. Las llevan a la orilla del río, les magrean los chuchos y las hacen suyas. A algunas las ahogan luego. Y a otras las dejan con una criatura en el vientre. En el río hay muchos hijos de bufeo".

El autor emplea un estilo ágil, coloquial y por lo general sobrio pero no desdeña, bien que muy ocasionalmente, la retórica más desaforada: "Árboles desgajados descendían a lomos del Amazonas, como cadáveres putrefactos de vigorosos equinos, tirados al río tras una feroz batalla librada aguas arriba. Los matorrales arrancados de las orillas por la fuerza del río tenían la apariencia de crines de caballos muertos. El aire era pecaminoso, carnal, impregnado de olores a plantas que nacían y a vegetación moribunda. Sobre los anchos hipódromos del cielo cabalgaban nubes azuladas."

El río de la desolación, en suma, es un libro divulgativo sin caer en el didactismo, ligero y entretenido pero nunca trivial, humanístico en lugar de humanitario, descriptivo y pintoresco sin asomo de costumbrismo. En las antípodas tanto del viajero romántico o literario como del turista adocenado, Javier Reverte hace gala de un irreductible sentido común:

"Antes cuando viajaba procuraba fijarme en lo que me diferenciaba de los otros. Ahora sólo me intereso en lo que nos parecemos"

"Pienso ahora que el oficio de escribir es realmente curioso: a veces no te das cuenta de que has vivido una aventura real hasta que la escribes"



Hasta pronto

domingo, 2 de marzo de 2008

LA ÉTICA DEL PEÓN DE AJEDREZ






Arturo Pérez Reverte

Un día de cólera

Alfaguara, 2007







La primera cuestión que asalta al lector de Un día de cólera es la problemática filiación de un texto que ya antes de su inicio se define negativamente "Este relato no es ficción ni libro de Historia". Pérez Reverte, no obstante, despejaba cualquier asomo de duda en la presentación del libro emparentándolo con El diario del año de la peste de Daniel Defoe, ¿Arde París? de Collins y Lapierre o El día más largo de Cornelius Ryan "que son libros documento, libros reportaje". Nada que objetar.

Un día de cólera es el segundo libro de estas características -por encargo editorial y en vísperas de sendos bicentenarios, aquél sobre la batalla de Trafalgar y en torno al 2 de Mayo éste- que Arturo Pérez Reverte ha dado a la imprenta en apenas tres años. Acaso sea productivo hacer un somero escrutinio de ambas obras, más para percibir las diferencias que para comprobar sus evidentes similitudes, no en vano comparten una misma y declarada intención: "He querido meter al lector en la batalla, que la viviera desde dentro" -Cabo Trafalgar (2004)-, "He querido hacer que el lector lo viva, por primera vez, en la calle. Que entienda cómo fue, y que se sienta un participante, que pase miedo, que corra, que sude" -Un día de cólera (2007). Sin duda éste puede ser un objetivo muy respetable para el escritor de novelas pero ¡ojo! se deben cuidar las formas. Mientras que -pongamos por caso- Joseph Conrad tan sólo permite al lector vislumbrar apenas la peripecia a través del ojo de la cerradura, Pérez Reverte no se anda por las ramas y reventando la puerta de un puntapié sitúa al espectador de sopetón en plena reyerta (la denominación lector/espectador no es en modo alguno gratuita pues resulta cristalino el ascendente cinematográfico en la escritura de éste último).

Si en Cabo Trafalgar Pérez Reverte se "permitió" introducir en el relato un navío que nunca existió (de nombre Antilla) a bordo del cual trascurre la mayor parte de la acción porque "es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción" -relato aderezado además con un lenguaje rudimentario, a menudo pedestre, repleto de onomatopeyas de comic y anacronismos de juzgado de guardia- en Un día de cólera, sin embargo, se afirma que "cuantas personas y lugares aparecen aquí son auténticos, así como los sucesos narrados y muchas de las palabras que se pronuncian (...) Lo imaginado, por tanto, se reduce a la humilde argamasa narrativa que une las piezas" Para tranquilidad del lector aclaremos que el estilo de este libro resulta sobrio, comedido e incluso elegante en comparación con el de su predecesor.

Un día de cólera es sobre todo un conmovedor homenaje a los caídos el 2 de Mayo. Se detallan escrupulosamente los heroicos rasgos de su feroz lucha contra el ejército francés y los patéticos pormenores de su muerte. La enumeración de nombres y apellidos, lugar de origen, edad y hasta profesión engarzados como las cuentas de un rosario en minuciosas letanías llegan en algún caso a ser sobrecogedoras:

«Sólo en el Prado, los sepultureros llenarán al día siguiente nueve carros de cadáveres, pues la cantidad de ejecutados allí es enorme. Entre ellos se cuentan el zapatero Pedro Segundo Iglesias, que tras matar a un francés fue delatado por un vecino en la calle del Olivar, el mozo de labor del real sitio de San Fernando Dionisio Santiago Jiménez Coscorro, el toledano Manuel Francisco González, el herrero Julián Duque, el escribiente de lotería Francisco Sánchez de la Fuente, el vecino de la calle del Piamonte Francisco Iglesias Martínez, el criado asturiano José Méndez Villamil, el mozo de cuerda Manuel Fernández, el arriero Manuel Zaragoza, el aprendiz de quince años Gregorio Arias Calvo -hijo único del carpintero Narciso Arias- el vidriero Manuel Almagro López, y el joven de diecinueve años Miguel Facundo Revuelta, jardinero de Griñón que combatió junto a su padre Manuel Revuelta(...)» pag. 355

No cabe duda de que Arturo Pérez Reverte goza del favor mayoritario del público lector. No cabe duda de que posee una indudable destreza para la narración, sus novelas suelen ser ágiles y directas, sus libros siempre están muy bien documentados. No cabe duda también de que -parafraseando a Flaubert- sólo con oficio y buenas intenciones no se logra una literatura de calidad.

Para explicar a su capitán Alatriste, Arturo Pérez Reverte ha recurrido en ocasiones a la afortunada expresión "la ética del peón de ajedrez" que, por extensión, podría aplicarse asimismo a casi todos los demás protagonistas de sus novelas. Es harto conocida la predilección de este escritor por el héroe solitario, el perdedor anónimo, el españolito de a pie (cuanto más cutre, analfabeto y patibulario mejor). El problema no es la extracción social o el nivel académico de sus personajes -faltaría más- sino que la mencionada figura de ajedrez sirve perfectamente para ilustrar tanto el grado de exigencia de Pérez Reverte a la hora de escribir sus libros como también -mucho me temo- el tipo de público al que éstos inequívocamente se dirigen.

Y este lector, como mínimo, es un alfil.



Hasta pronto

viernes, 29 de febrero de 2008

DEL AMOR A LOS LIBROS






Helene Hanff

84, Charing Cross Road

Círculo de Lectores, 2004







Confieso haber visto la película del mismo título magistralmente protagonizada por Anthony Hopkins y Anne Bancroft antes de leer el libro. Y aquélla -era inevitable- me ha conducido a éste.

En 1949 Helene Hanff una "escritora pobre amante de los libros antiguos" que reside en Nueva York tras leer en el períodico el anuncio de una librería anticuaria londinense escribe una carta adjuntando una lista de libros con sus "necesidades más apremiantes". A vuelta de correo, el encargado de la librería, Frank Doel, le envía una educada nota junto a dos de los volúmenes solicitados. De esta manera se inicia una relación epistolar que se prolonga durante casi veinte años y que finalmente se publicaría en forma de libro en 1971.

La correspondencia entre la risueña lectora neoyorquina y el flemático librero británico pronto desborda el simple carácter comercial gracias al generoso y jovial talante de Helene Hanff: "¿Tendrán la bondad de convertirme sus precios en adelante? Yo ya no sumo demasiado bien en americano, así que sería un verdadero milagro que alguna vez llegara a dominar una aritmética bilingüe". Entusiasmada por los antiguos libros ingleses que ha recibido, Helene a su vez comienza a enviar paquetes de alimentos a la librería. Recordemos que tras la Segunda Guerra Mundial en Inglaterra se racionaron brutalmente los alimentos "a razón de 60 gramos de carne por familia y semana, y a un huevo por persona y mes". Como es de suponer la americana se convierte en una especie de "hada madrina" para los empleados de la librería.

El verdadero protagonista de este libro es la contagiosa e infatigable pasión por los libros de Helene Hanff: "A mi me encantan las inscripciones en las guardas y las notas en los márgenes: me gusta el sentimiento de camaradería que suscita el volver páginas que algún otro ha pasado antes así como leer los pasajes acerca de los que otro, fallecido tal vez hace mucho, llama mi atención". Sin embargo la neoyorquina nada tiene de coleccionista de libros al uso o de bibliófila devota: "Cada primavera hago una limpieza general de mis libros y me deshago de los que ya no volveré a leer, de la misma manera que me desprendo de las ropas que no pienso ponerme nunca más" El catálogo de lecturas de Helene Hanff, por otro lado, no deja lugar a dudas respecto a su excelente olfato literario: la Biblia latina o Vulgata, John Donne, Quiller-Couch, el Diario de Pepys, Catulo, el Tristram Shandy, Stevenson, los Cuentos de Canterbury o Jane Austen.

Asimismo 84, Charing Cross Road contiene un emocionado homenaje a la "Inglaterra literaria".

«Un periodista que conozco, destinado a Londres durante la guerra, dice que los turistas viajan a Inglaterra con ideas preconcebidas y que por eso encuentran exactamente lo que buscan. Yo le expliqué que me gustaría ir en busca de la Inglaterra de la literatura inglesa, y me respondió: 'Pues está allí, sí'» pag. 32

En definitiva, un auténtico regalo para los amantes de los libros.


Hasta pronto

jueves, 28 de febrero de 2008

UNA ANTOLOGIA DEL DISPARATE







Carlos Garrido

Duermes y me olvidas

Editorial Crítica, 2005






Causa estupor que este libro se haya publicado en una edición tan cuidada (tapa dura, amplio formato, márgenes generosos, papel satinado y de alto gramaje, ilustraciones). Causa estupor que este libro se haya publicado en una editorial de prestigio. Causa estupor que este libro se haya publicado.

El responsable, un tal Garrido, no esconde sus intenciones y ya en la introducción advierte que Duermes y me olvidas "es un intento de llevar el mundo de La Iliada a un lector contemporáneo, no necesariamente interesado en la arqueología o la historia (...) Por eso he intentado huir de las referencias eruditas o de los contextos arqueológicos y literarios (...) Igual que (sic) si La Iliada fuera un enorme escenario virtual, en el que puedes entrar, conocer a los personajes, escuchar sus conversaciones (...) Mi propósito inicial era hacer que los propios héroes hablaran con su voz. Hacerles 'una entrevista' in situ, viajando para ello a Troya" Qué transgresora propuesta ¿verdad?

Aunque la premisa sea de por sí arriesgada y casi temeraria no existen límites para un "escritor" -pongamos comillas, por higiene- con la desfachatez y el descaro del tal Garrido. Alguien ocurrente y atrevido que no contento con ser el autor es también un personaje del libro. Qué demonios, alguien sin complejos. Alguien que no duda en afirmar que Aquiles es el "Rambo de la edad del Bronce (...) el gran carnicero" (...) un guerrero estrella, 'galáctico'", Agamenón parece "uno de aquellos 'malos' del cine mudo", mientras que Artemisa es "una neurótica bastante peligrosa (...) una histérica y una abusona", Atenea "rencorosa y retorcida", Paris "un personaje triste y libidinoso, traidor" y Menelao "un poco calzonazos". No me digan que no parece una telenovela venezolana.

Cuánto helenista acartonado, cuánta estéril bibliografía, qué despilfarro. Parece mentira que transcurridos más de 2800 años haya tenido que ser Garrido -con el desparpajo al que nos tiene acostumbrados- quien formule, por fin, las preguntas esenciales sobre La Iliada: "¿Se complace Homero en las matanzas? (...) ¿Creía Homero en los dioses? (...) ¿Homero es un misógino? (...) ¿Cuál es la oculta relación que une a Homero con el personaje de Aquiles?" Pero, atención, también hay sorpresas: Homero es "el precursor de la literatura arqueológica" y más adelante "Homero es también precursor de la ciencia-ficción", para rematar con esta formidable revelación: "Homero, hijo de un padre desconocido, que había arrastrado toda su vida el dolor por esa carencia, volvía a Troya para rememorar la muerte de un hijo suyo" y como guinda "Homero proyectaba su historia en la trama del poema" ¡Homero es precursor también de los libros de autoayuda.

Echémosle un vistazo siquiera al argumento, que no decaiga la fiesta. En el Louvre, el busto de Homero cobra vida y por un pasadizo llega a Troya acompañado por el inevitable Garrido que no desdeña la mínima oportunidad para derrochar su muy particular ingenio: en el campamento de los aqueos "se divisaban miríadas de zurrullos (sic) semi-enterrados (...) era como un gigante pipicán, una letrina al aire libre", en el Olimpo "diría que estábamos en el interior de un videojuego" o la forja de Hefesto "parecía la sala de máquinas del Titanic de la antiguedad". En su deambular por Troya les salen al paso gran parte de los personajes de La Iliada cuyos parlamentos ("declaraciones" según Garrido) son por fortuna citas literales de una antigua y valiosa traducción del poema homérico, a cargo de Germán Gómez de la Mata.

Para deleite del lector masoquista el libro está salpicado de espantosos neologismos tan disparatados como ridículos de indiscutible autoría (adviértase la querencia por categorizar de forma peregrina) -"experimentalidad", "desconoceidad", "olorosidad", "planisferial", "cinefóbico", "orfebraica", .."frenesíaco", ""epopeyógrafo", "metalosidades" "escondibilidad", "trasuntalidad"- y cuajado de expresiones entre pretenciosas y dementes -"hachas talantes", "crestas dunarias", "enjambrosa promiscuidad", "luz flámea", "torcidez dolosa", "ideología mortalística", "narraciones preteritosas", "reproducción miriádica", "ánimas murciélagas", "amargura actuante", "fuerza ráyica". Aquí y ahora exijo el test de alcoholemia obligatorio para escritores y editores.

Se me ponen los pelos de punta sólo de imaginar que al tal Garrido se le ocurra hacer una "entrevista" al Quijote.


Mantener este libro lejos del alcance de los niños.


Mantener este libro lejos.
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Hasta pronto

domingo, 24 de febrero de 2008

EN BUSCA DE ALEJANDRO MAGNO






Robin Lane Fox

Alejandro Magno

Acantilado, 2007







¿Quién no ha jugado de niño a ser Alejandro Magno? ¿Quién no se ha imaginado cabalgando a lomos del mítico Bucéfalo? ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con el más valiente y audaz de los guerreros, el apuesto conquistador, el discípulo de Aristóteles?

Vana es la tarea de resumir en unas líneas la fabulosa epopeya de Alejandro Magno. Quizá baste, sin embargo, un apresurado inventario de sus etapas para vislumbrar la magnitud de la odisea: de Tebas a la homérica Troya, de Persépolis a Afganistán, del Mar Caspio al Ganges, del Indo al desierto de Makran, de el Punjab a Babilonia donde al cabo encontró la muerte.

Con buen criterio (y mejor olfato literario) el historiador Robin Lane Fox nos advierte desde el prólogo que Alejandro Magno "es tema para una búsqueda, no para una narración, pues hasta tal punto era ése el estilo y el contenido de las primeras historias que se escribieron sobre él que cualquier relato con pretensiones de fiabilidad sólo puede resultar dudoso". Es decir, éste no puede ser un libro de historia o una biografía al uso, menos aún uno de esos engendros tan de moda -biografía novelada o novela histórica-, y ni siquiera tiene "pretensiones de fiabilidad". De esta manera el autor inscribe astutamente su libro dentro de un género literario tan anglosajón como el de las 'biografías detectivescas' ("quest" en inglés), entre las que a este lector inquieto le ha sido dado leer una auténtica delicia, En busca del barón Corvo de A.J.A. Symons.

Se puede atribuir sin asomo de duda cierta índole detectivesca al exhaustivo trabajo de documentación de Lane Fox (sólo las notas y la bibliografía ocupan unas 130 páginas) en vista de que todas las fuentes conocidas son de "segunda o tercera mano, tal y como fueron parafraseadas por otros escritores clásicos cuatrocientos años más tarde". Un ejemplo palmario de lo anterior -teñido de una cruel ironía- es la incierta causa de la muerte del historiador Calístenes: "pocos episodios permiten comprender más claramente las dificultades que entraña la búsqueda de Alejandro que el hecho de que su propio historiador, según dijeron los contemporáneos informados, muriese de cinco maneras distintas"

Dueño de un lenguaje de sugestiva elocuencia y dotado con una singular maestría para la claridad expositiva -ni siquiera cuando se describen pormenorizadamente las intrigas en la corte de Alejandro o las relaciones entre las tribus asiáticas decae un ápice la tensión narrativa y por tanto el interés del lector-, Robin Lane Fox asimismo hace gala de una perspicacia poco común para desvelar insospechados matices mediante una conjetura feliz: "Alejandro tenía veintinueve años, era invencible y se encontraba en el límite de un continente desconocido: volver sobre sus pasos habría sido sumamente aburrido (...) Si la ambición de Alejandro era alcanzar el límite del mundo, este objetivo obedecía más a la curiosidad que al anhelo de poder" .

Abundan en el libro certeras apostillas sobre detalles técnicos, como el innovador resorte de torsión de las catapultas, junto a eruditos pasajes acerca de los asuntos más variados -el elefante asiático, las armas de asedio macedonias o la proskynesis (especie de beso devoto persa)- que a modo de fecundas digresiones se enhebran a la perfección en el tejido del relato componiendo finalmente un tapiz de impecable factura que ofrece descripciones tan sobrias y, por ello mismo, tan conmovedoras como la del ejército macedonio tras la invasión de la India:

«Habían sufrido dos hambrunas y sus vestidos estaban tan hechos jirones que la mayoría se vestían con prendas indias: los caballos tenían las patas doloridas y las carretas resultaban inútiles en unas llanuras que se habían convertido en una ciénaga. Finalmente el clima había hecho mella en su espíritu. Durante los últimos tres meses, las lluvias los había empapado hasta la medula. Las hebillas y los cinturones se habían corroído y las raciones se pudrían, pues el moho estropea el grano; las botas estaban agujereadas y todavía no habían terminado de pulir las armas cuando la humedad volvía a cubrirlas otra vez de verdín» pag. 593.

En resumidas cuentas, Alejandro Magno nos revela a un militar brillante, a un caudillo generoso y a la vez despiadado, a un gobernante calculador, con un "astuto sentido político", que se ganó la admiración de los persas pero también a "un hombre resistente, resoluto y valiente", un "luchador mortífero" que "tenía sin embargo amplios intereses aparte de la guerra: la caza, la lectura, el patrocinio de la música y el teatro, así como su duradera amistad con artistas, actores y arquitectos".

A pesar de toda su erudición Robin Lane Fox no consigue -ni pretende, acaso- desvelar el enigma de Alejandro Magno.


Seguiremos soñando, pues.


Hasta pronto