domingo, 21 de septiembre de 2008

Puritanismo y democracia

Monumento nacional de la literatura de Estados Unidos, Moby Dick invita, más que nunca, a ser leída como epopeya trágica de Norteamérica, de su expansionismo depredador, de sus pretensiones evangelizadoras, de su fanático empeño liberador.

Moby Dick, de Herman Melville, es sin duda una novela extraordinaria. Cuanto más se la frecuenta, más crece -en lugar de diluirse- el sentimiento de extrañeza que despierta este libro descomunal, grandioso y extravagante, en el transcurso de cuya lectura se va haciendo palpable el delirio visionario al que su autor fue sucumbiendo a medida que lo escribía, en enfebrecidas jornadas que apenas interrumpía para comer o atender asuntos domésticos.

La canonización de Moby Dick como la Gran Novela Norteamericana se produjo, como es sabido, tardíamente, por los años veinte del pasado siglo, y se produjo de la mano de Raymond Weaver, quien acertó a rescatarla del olvido cuando Estados Unidos, recién afirmada su hegemonía como potencia mundial a consecuencia de la Gran Guerra, se hallaba en las mejores condiciones para ensalzar como gloria nacional una epopeya que -según observara agudamente José María Valverde al frente de la excelente traducción que hizo del libro- lleva hasta el extremo el predestinacionismo puritano, de influencia tan determinante en la consolidación de la conciencia patriótica de EE.UU.

En la actualidad, la genialidad de Moby Dick queda enaltecida por el mérito que supone, en estos tiempos de catastrofismo ecológico, conquistar la admiración del lector hacia lo que no deja de constituir, entre muchas otras cosas, una minuciosa y encendida apología de la masacre de ballenas; y, lo que es todavía peor, una exaltación del barco ballenero como agente fundamental de la "evangelización" democrática del planeta entero.

A la recalcitrante vanidad metropolitana del castellano viejo le escandaliza leer, ya bien entrada la novela, una afirmación de este fuste, relativa a las antiguas colonias de Hispanoamérica: "Fue el ballenero quien primero irrumpió a través de la celosa política de la corona española, tocando en esas colonias; y si lo permitiera el espacio, se podría demostrar detalladamente cómo gracias a esos balleneros tuvo lugar por fin la liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, estableciéndose la eterna democracia en esas partes" (capítulo XXIV).

Vaya por dónde.

Pero estas y otras no menos peregrinas y sugerentes hipótesis deben encuadrarse, como ya se ha apuntado, en el marco de la ideología puritana, acerca de la cual nunca se destacará con énfasis bastante cómo fecundó la concepción de la democracia americana y su celo expansionista, que bebe mucho antes en los profetas del Antiguo Testamento y en Calvino que en Grecia y la Ilustración.

Por detestables que puedan parecerle los hombres "en cuanto sociedades anónimas y naciones", a los ojos el narrador de Moby Dick prevalece inalienable la dignidad del individuo aislado, que no precisa de ropajes ni de mantos, por cuanto "es esa dignidad democrática que, en todas las manos, irradia sin fin desde Dios, desde Él mismo, el gran Dios absoluto, el centro y circunferencia de toda democracia" (capítulo XXVI).

Esa sustancial igualdad de los hombres, subyacente -y, por demás, indiferente- a las jerarquías de poder y a las desigualdades de riqueza, es la que, conforme a sus propias palabras, autoriza al narrador de Moby Dick a atribuir "cualidades elevadas, aunque oscuras, a los más bajos marineros, renegados y proscritos". Previniendo las censuras de que ha de hacerse objeto por proceder así, el narrador de Moby Dick no duda en invocar el sostén del "Espíritu de la Igualdad", del "Gran Dios Democrático", de quien dice que ha extendido "un único manto real de humanidad sobre toda mi especie".

Esta asociación entre Dios y democracia permanece profundamente arraigada en la Norteamérica de hoy y, exacerbada por los intereses neocolonialistas, contribuye a explicar muchos de sus comportamientos. Desde este punto de vista, el afán democratizador de Estados Unidos se revela en una especie de yihad judeocristiana y capitalista. Este democratismo teocrático da lugar a su propio fundamentalismo; y da cuerpo y justificación al imperialismo.

Es propio de los clásicos generar incesantes interpretaciones y, a través de los tiempos, constituirse sin solución de continuidad en prefiguración o metáfora del presente. Esta condición se cumple abrumadoramente en el caso de Moby Dick, monumento nacional de la literatura de Estados Unidos que, en la perspectiva de la actualidad mundial, invita, más que nunca, a ser leída como epopeya trágica de Norteamérica, de su expansionismo depredador, de sus pretensiones evangelizadoras, de su fanático empeño liberador. El trasnochado heroísmo de los balleneros vagabundos por todos los océanos resulta perfectamente trasladable al de los amenazantes buques de guerra que patrullan por todo el planeta, al mando de un capitán sospechosamente empeñado en aniquilar a la ballena blanca, cifra de todo mal (aparte de precioso botín al que arrancar pingües beneficios).

El poderoso y escurridizo simbolismo de Moby Dick ampara toda suerte de lecturas, en todos los niveles del texto. A comienzos del siglo XXI, la que se impone más directamente -aunque más superficialmente, también- es la que reconoce en la ballena blanca una convincente metáfora de Al Qaeda, fantasmal y ubicuo paradigma de toda malignidad, y en el capitán Ahab una favorecedora y cojeante versión de George Bush y sus meteduras de pata, empeñado en vengar con el petróleo de la ballena la mordedura que ésta le infligió, dándole igual si para ello lleva a toda la tripulación hasta el mismísimo infierno.

Ignacio Echevarría
El mercurio, 21 de septiembre de 2008

domingo, 15 de junio de 2008

El crítico como "disc-jockey"

Convertida ella misma en una ideología, la democracia va siendo parasitada por el mercado, que adopta sus estrategias y su lenguaje. Las películas se anuncian proclamando el número de espectadores que las han visto, y los editores se apresuran a reeditar las novedades de éxito con una faja en la que se consigna el número de ejemplares vendidos.

No sé en Chile, pero en España, de un tiempo a esta parte, los periódicos se muestran cada vez más aficionados a proponer y publicar encuestas de opinión. La tendencia es ilustrar toda suerte de noticias acompañándolas de una valoración -un porcentaje, en realidad- obtenida a partir de las respuestas de los lectores a las más variadas preguntas. En los informativos de televisión hace ya mucho que se vienen empleando los sondeos callejeros con fines parecidos. Pero la prensa gratuita y los periódicos virtuales van extremando esta tendencia, que con frecuencia incurre en extremos ridículos. Pues no sólo se recaba el juicio de los lectores sobre hechos ocurridos, sino que se les pide también que expresen desinhibidamente sus simpatías y sus manías, y que ejerciten sus dotes adivinatorias acerca de asuntos que escapan a todo análisis ("¿Cree usted que Rafael Nadal ganará este año la final de Wimbledon?").

Se transmite así la impresión de que los lectores intervienen tanto en la valoración de la actualidad como en su construcción. Se invoca con insistencia el principio de interacción, y se fomenta con énfasis una mentalidad plebiscitaria de efectos muy poco saludables, dado que refuerza, por un lado, el sentimiento de que todo es opinable, sin importar el fundamento con que se sustenta la opinión en cada caso, y mueve a pensar, por otro lado, que la razón se decanta por el lado de la mayoría, como si los de verdad u objetividad fuesen conceptos estadísticos.

Convertida ella misma en una ideología, la democracia va siendo parasitada por el mercado, que adopta sus estrategias y su lenguaje. Se diría que nadie puede tomarse en serio los resultados de una encuesta respondida voluntariamente por un determinado perfil de ciudadanos que sienten la compulsión de expresarse por cualquier motivo, a propósito de lo que sea. Se diría que a nadie se le oculta lo improcedente que es derivar un juicio cualitativo de un índice cuantitativo. Y, sin embargo, las películas se anuncian proclamando el número de espectadores que las han visto, y los editores se apresuran a reeditar las novedades de éxito con una faja en la que se consignan -a menudo con engaño- el número de ejemplares vendidos.

El mismo día que escribo este artículo, en la página de inicio del diario digital más leído de España se hace la siguiente pregunta: "¿De qué te gustaría que tratase el próximo libro de Ken Follett?". Y se explicita, a continuación: "De entre todas las ideas recibidas se seleccionarán las cinco mejores según criterios de ocurrencia y originalidad. Las ideas ganadoras serán remitidas a Ken Follet, quien firmará y dedicará su libro a cada uno de los cinco ganadores".

¿Patraña publicitaria o estrategia de marketing dirigida a fidelizar a los usuarios del diario? Cualquiera sabe. Pero entretanto, el viejo eslogan de que es el público el que tiene la última palabra (¡y la primera, oiga!) ha ido calando cada vez más hondo en la mente de los agentes culturales, a quienes cuesta cada día más distinguir de los agentes comerciales.

La reciente publicación en España de la última novela de Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel, ha sido tratada por la prensa cultural como un auténtico acontecimiento. A bombo y platillo se anunció que la primera tirada de una novela de un autor español alcanzaba la cifra record de un millón de ejemplares. Cuando a los pocos días aparecieron las reseñas del libro se tuvo ocasión de asistir a un espectáculo penoso que, sin embargo, es cada vez más frecuente: el del crítico temeroso del público al que se dirige, intimidado por la abrumadora legión de los lectores, acobardado por el aparato propagandístico puesto en marcha por publicitarios y periodistas, unos y otros compitiendo en su afán sensacionalista, dando por sentado que tan elevado número de consumidores no se pueden equivocar.

Hace cuarenta años, el escritor alemán Reinhard Baumgart hizo públicas una serie de provocadoras propuestas destinadas a vapulear a la crítica de su país. La más sensacional de todas ellas consistía en postular, para el reseñista de los diarios, un papel semejante al de disc-jockey en una pista de baile. Atrás va quedando, cada vez más desprestigiado -decía Baumgart-, el crítico investido de autoridad, ya sea la autoridad del académico, del policía, del aduanero o del agente de tráfico. Éste formulaba sus juicios desde el supuesto de que el público al que se dirigía estaba necesitado de orientación y de recomendaciones, cuando no directamente de instrucción. Pero entretanto, la inflación plebiscitaria ha abonado entre los lectores la convicción de ser ellos mismos peritos tan aptos como cualquiera para calibrar los méritos de un libro. Basta ver lo que ocurre muy patentemente con el fútbol o con el cine. Así las cosas, el crítico tiende a actuar como una especie de delegado de ese cuerpo general de peritos que constituye su público, ni más ni menos que como actúa un disc-jockey. El éxito de éste, como el del nuevo crítico, depende de su capacidad de sintonizar con los ocupantes de la pista, cuyas apetencias, cuyos gustos, cuyo grado de excitación o de embriaguez le corresponde a él adivinar, estimular y acompasar.

El suyo sí que es el juego del ángel. Y se juega a las puertas del Edén al que acudimos todos para bailar la misma música.

Ignacio Echevarría
El Mercurio, 15 de junio de 2008


sábado, 14 de junio de 2008

JUEGOS DE NIÑOS


En la localidad de Beaconsfield tal día como hoy hace 72 años fallecía tras una breve enfermedad el prolífico y genial escritor G. K. Chesterton. Brillante polemista y aficionado tanto a la vida de los santos como a las novelas de detectives, encarnó como nadie a un paradójico Quijote en la figura de Sancho Panza.

"El género humano, al que muchos de mis lectores pertenecen, ha jugado desde siempre a juegos de niños y es probable que lo siga haciendo hasta el final, lo que supone un engorro para los pocos individuos maduros que hay"

(El Napoleón de Notting Hill, trad. César Palma)

lunes, 2 de junio de 2008

LO QUE IGNORA LA MUERTE


Tal día como hoy hace 168 años nacía el escritor Thomas Hardy. En 1897, tras publicar catorce novelas y varios volúmenes de relatos, tomó la resolución de dedicarse en exclusiva a la poesía.

HERENCIA

Yo soy el rostro familiar; la carne
perece y yo pervivo
rasgo a rasgo esculpido,
anónimo en el tiempo
y de un lugar a otro
salto sobre el olvido.

Con el tiempo mi herencia,
voces, rasgos, miradas ...
desborda toda humana
duración. Pues yo soy
lo que hay de eterno en ti,
lo que ignora la muerte

(Traducción de Francisco M. López Serrano)

sábado, 24 de mayo de 2008

SUSTITUIR EL ESTADO POR UNA BIBLIOTECA


El 24 de mayo de 1940 nació en la ciudad de San Petersburgo el gran poeta y lúcido ensayista Joseph Brodsky. En la conferencia que ofreció en Estocolmo con motivo de la concesión del premio Nobel de Literatura en 1987 sugirió una literaria forma de cambiar el mundo:

"No reclamo la sustitución del estado por una biblioteca, aunque tal idea me ha rondado muchas veces por la cabeza; pero no cabe duda de que, si eligiéramos a nuestros políticos por su experiencia lectora, habría mucho menos dolor en el mundo. A mi parecer, a los posibles rectores de nuestros destinos habría que preguntarles ante todo su opinión, no ya sobre política internacional, sino sobre Stendhal, Dickens o Dostoievski"

(Trad. Antoni Martí)

lunes, 19 de mayo de 2008

CON LOS OJOS ABIERTOS


Tras permanecer seis días en coma a consecuencia de un accidente con su motocicleta ocurrido cerca de su residencia inglesa de Clouds Hill, el legendario escritor y aventurero Thomas Edgar Lawrence (también conocido como Lawrence de Arabia) falleció tal día como hoy hace 73 años.

Todos los hombres sueñan, pero no igualmente. Los que sueñan por la noche en los polvorientos rincones de sus mentes despiertan de día para encontrarse con que todo era vanidad; pero los soñadores del día son hombres peligrosos, porque pueden realizar sus sueños con los ojos abiertos, hacerlos posibles

Los Siete Pilares de la Sabiduría (trad. de María Cóndor Orduña)

domingo, 18 de mayo de 2008

LAS DUDAS DE W. G. SEBALD

El 18 de mayo de 1944 nacía en la localidad alemana de Wertach el magnífico escritor W. G. Sebald que poco antes de su muerte, 57 años más tarde, aseguraba lo siguiente:

Tengo unas dudas tenebrosas acerca de lo que hago, tanto desde un punto de vista moral como desde uno estético. Escribir cada vez me cuesta más. Es muy característico de un determinado tipo de autor volverse cada vez más escrupuloso, sentir el pánico de ya no tener nada que contar, de hablar siempre de las mismas cinco cosas, al no saber de nada más. Pánico de repetirse en el lenguaje y en las ideas, y de escribir una frase que ya se había escrito. A veces, tengo la sensación de que debería dejar de escribir, de que ya basta

Entrevista con Ciro Krauthausen, publicada en el diario El País el 14 de julio de 2001